miércoles, 5 de marzo de 2008

La mala compañía

Tomo un vino y un pincho de jamón con pimiento verde. El vino, de Calatayud, está algo frío, pero me lo ha servido una chica guapísima, imposible saber su nacionalidad, y veinte céntimos se han quedado con ella, de propina.



El pincho también está bueno: pan, jamón algo salado aunque fino. Pimiento verde oculto y soso. Sabe a Gloria si en vez de un vino has bebido dos o tres. El local con mucha luz en las manos y poca en las cabezas. Pongo el cuaderno sobre una barra a la altura exacta y leo sentado en un taburete. Mis pies descansan sobre un escalón que parecen haber fabricado unos trasgos al verme entrar por la puerta.



He estado a punto de no entrar. ¿Qué hubiera sido de mí, si llego a pasar de largo? Si con esta decisión he podido mejorar tanto mi existencia, aterra pensar lo que podría haber llegado a ser en la vida. Para bien y para mal. Me impulsa a escribir la conciencia de que un hombre solo vive con sus obsesiones y cuanto más se prolonga la soledad, más se adueñan de él.



Encontrarse a uno mismo es dejar de reflejar a los demás en si y ver qué pasa. Se aprende mucho sobre eso estando solo. Solo a disgusto, prolongadamente. Veo al sentarme dos servilleteros juntos, cerca de mí. Los separo. Los coloco donde los colocaría si fuesen asunto mío. Aparto un poco el vino a mi derecha. Acerco el pincho, a mi izquierda. Pruebo el vino. Está frío. Como el trago anterior de frío y de sorprendente. Mierda, odio pensar lo mismo dos veces, parezco un algoritmo subnormal. Muerdo el pincho. Dejo la mitad en el plato. Nadie en su sano juicio haría tal cosa. Es un pincho de bocado, pero ¿hay alguien en su sano juicio? Han caido, como consecuencia, tres o cuatro migas sobre la barra, cerca del cuaderno. Las barro con los dedos hacia el suelo. Creo que es posible que una, la más voluminosa, la de mayor inercia, haya entrado por la manga de mi chaqueta. Aún no estoy tan loco como para quitarme la chaqueta, con todo lo que ello conlleva de cese de comodidad, y asegurarme de que no tengo una miga de pan entre manga y antebrazo. [-Pensó él.-] Quizá, al desvestirme dentro de cuatro horas, ya en la pensión, me la encuentre prendida de mi camisa. Me darán ganas de llorar. Eso es la soledad. Lo malo no es estar solo, es estar con uno mismo.

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