viernes, 25 de abril de 2008

Momento delicuescente


Si hubiese existido en aquel momento una licuadora
fantástica
que aplastara la estructura íntima del tiempo
extrayendo así su jugo emocional;
si se hubiese aplicado semejante artilugio
a aquel instante eterno
en el que me estabas mirando desde el otro lado de una lámina de vidrio,
frontera última entre nuestras vidas;
la aplicación
habría resultado ser superflua.

Vi aquel segundo al trasluz y era tan denso
que se veía la tristeza como el rocío sobre las telas
de las arañas.

No debe de haber nada tan triste como ver partir un tren.

Aquella cantidad inexplicable del devenir
manaba tan lentamente como la miel que cae,

pero la miel caerá y el tiempo terminará por pasar.

Y al recobrar el ritmo artificial de los relojes,
salir el tren de la estación, no estar tú ya conmigo,
se sacudió la tela, elástica, pero irrompible,
y la tristeza me salpicó la cara.

Y los extraños me vieron salir de allí secándome con un pañuelo
lo que imagino que supusieron típicas lágrimas.

1 comentario:

  1. pero la miel caerá y el tiempo acabará de pasar. No sé por qué ese verso me ha recordado al final de la "Epístola moral a Fabio": aquello de antes que el tiempo acabe. Como si la densidad de un segundo a cuyo través pueda mirarse no importase porque incluso ese segundo pasará. ¿Para qué acariciar el pelo que encanece bajo la mano si esos cabellos dentro de poco serán un poco de tierra? Supongo que es por eso, o más bien contra eso como se contrae esta enfermedad, la poesía.

    Enhorabuena.

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