martes, 10 de febrero de 2009

Sísifo.



No sé por qué
asigno mayor índice de verosimilitud
al cavilar sombrío que al luminoso.
Cual si la luz cegase,
cuando me siento alegre lo achaco a una embriaguez.

Por el contrario, en el borde del agua de cada depresión,
en cada coqueteo grave de negros agujeros que me succionarían,
me inclino a interpretar un estado de gracia. Es
como si en esos trances
pudiera ver fantasmas que a diario me rodean,
que diariamente ignoro como se ignora el aire
hasta que vuelve a ser vital, y como
si el aire natural fuese falto de oxígeno,
como si fuera malo respirar.

No sé por qué, pero sospecho algo.
Pues he intuido sombras que han de obedecer
a opacos cuerpos
y en ocasiones huyo por instinto.
Y lo más lejos que he llegado en la investigación de este fenómeno
es hasta aquí, a la formulación de su extrañeza.
Y aun conociendo bien el cauce que sale de la duda,
su rumbo recto e instantáneo;
tengo valor tan solo
para trazar mis círculos.

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