domingo, 2 de septiembre de 2012

Días de perros




Perros que ladran en mis amaneceres
como si se volvieran locos
como si devorasen a sus amos
como si así se liberaran de un suicida
que se hace el sordo
que no oye el ruido espeso
de aviones infrasónicos acercándose
para bombardear nuestro futuro.

Perros que ladran en mis amaneceres
porque no entienden que no oímos
por qué ponemos aire en sus pulmones cuando el futuro es gas
para qué hablamos con personas que morirán mañana
si no nos despedimos,
qué es ese adorno en círculo
de todas las paredes
en que creemos tener el tiempo preso
si el tiempo es línea recta.

Perros que ladran en mis amaneceres
sin entender a una especie que les da medicamentos, techo,
huesos de goma,
que no distingue el desastre, aunque sea un huracán
a medio metro,
un terremoto transmitiéndose
de roca en roca hacia arriba
bajo el suelo enmoquetado;
o la muerte, sencilla como es,
dibujando cruces blancas
en sus puertas de madera.
Una especie que solo comprende el rayo
o el diluvio o los lunes de septiembre.

Oigo ladrar mis perros en mis amaneceres,
eco del rechinar de dientes, del crujir
de articulaciones y siento
la sangre espesa circulando por mis venas doloridas.
Recuerdo en sueños la soledad de una madre imaginaria,
pero real, tejiendo o cocinando
los hilos e ingredientes del silencio.

Despierto en el pajar en el que los cuatro jinetes
guardan sus cabalgaduras, oigo ladrar los perros
en el amanecer del día que acabará con todo
y no hago nada, no me muevo, finjo
que soy un niño aún,
como si aún mis párpados fueran de acero.

2 comentarios:

  1. Sigue fingiendo, pero quizá el desastre no sea el futuro y la muerte no sea el presente, y tal vez quizá la vida te esté ganando por una manga, ignorando el ladrido de tus perros, con un anuncio equivocado.
    Eres el mejor poeta, siempre estás probando, jugando a cambiar, innovando, enhorabuena.


    Nená

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