martes, 13 de junio de 2017

Si te digo





Si te digo que de pequeños
mis hermanos y yo nos organizábamos
para irnos de caza al patio de atrás,
donde las ratas tenían una red de túneles secretos
de los que nosotros, a rotring, trazábamos planos,

o te digo
que había tanta droga en la calle
que no merecía la pena otra cosa que dejar crecer la hierba entre las tumbas,
porque aquel cementerio de niños era un campo en barbecho hacia el pasado,

si te digo
que a los 18 años 30000 chavales se emborrachaban como un solo hombre
absolutamente todos los viernes y todos los sábados contando con la connivencia de sus padres
que les veían salir de farra, y al volver veían las vomitonas, y a la mañana siguiente las resacas,
y que el lunes volvíamos a clase y nos portábamos como profesionales, igual
que se portaban nuestros padres como profesionales en sus trabajos de mierda,

si te digo que había más bares que portales en todas las calles de Avilés,
que jugamos más a las cartas en la universidad que Aramís Fuster en su vida,
y que muchos miércoles nos emborrachábamos de delirium y nos saltábamos las últimas cuatro clases
y al entrar al bar estaban fregando y le dábamos la vuelta a cuatro sillas y nos tomábamos
veinte sidras, y ese dinero nos lo daba nuestra madre
para el plato del día.

Y después de acabar la carrera -ya en Madrid-
si te digo
que compartíamos piso y nos parecía que estábamos empezando otra carrera en otro sitio
y que vivíamos en un colegio mayor, nos parecía,
y los sábados hacíamos botellón en casa antes de salir
con la misma actitud adolescente que habíamos aprendido en Avilés
y nos parecía que los adolescentes auténticos nos retaban a duelo, pero los adolescentes
ni se percataban de nuestra presencia porque más que presencia en Madrid, lo nuestro era
ausencia de Asturias,
y que llevábamos un traje a trabajar que era un mono de trabajo más incómodo,
y que a veces salíamos por la tarde, sobre todo en verano, con el calor, y nos gastábamos
el sueldo en cañas
y cuando alguno bajaba al baño a cambiar el agua al canario se metía una raya
solo para verse más guapo en el espejo.

O si te digo que en casa a la hora de comer
nuestro padre daba un mitin diario y exigía aplausos puntuales en los puntos y apartes del discurso
y risas enlatadas en los comentarios hirientes
y las preguntas adecuadas al terminar con las que pudiera lucirse en la respuesta
-si no se las hacías te arriesgabas a correr delante de los grises que aún perseguían a tu padre- y de ahí quizá
nos viene este desinterés por la política que está permitiendo a la derecha gobernar
y que se está llevando nuestras vidas de traje a trabajar en un cochazo,
aunque el cochazo es del banco, y el traje, y la casa, y el garaje. Todo es del banco, hasta el futuro
de nuestros hijos.

Y si te digo que no hemos sabido plantar cara y encima ahora estamos estorbando
a los "adolescentes"
y que creemos que somos sabios y experimentados, y que por eso preferimos un cambio progresivo,
y los adolescentes reparan en nosotros de pronto como un obstáculo,
y es que nuestro cambio es tan progresivo que los adolescentes nos confundían con el fondo
y se preguntan ahora de dónde habremos salido tantos.

Tantos que somos mayoría y confundimos nuestra inercia con nuestra ideología
y llamamos a nuestro fracaso rebeldía, y estorbamos en los bares y  en las bolsas de trabajo, y estorbamos
en la idea y en la charla y en la lucha, y en la huelga
que ya no secundamos, y en la manifestación a la que ya no vamos,
y en rebajas estorbamos en las tiendas que sí abarrotamos, y estorbamos
cada cuatro años en las urnas:

si te digo que somos piterpanes obstinados
que de tanto gritar revolución perdimos la voz y la razón
y en su lugar nos han acostumbrado a usar un garfio,




tal vez no me creerías, pero tienes al alcance del valor tu propia historia
y ese valor consiste en no necesitar que nadie te lo diga.

lunes, 9 de enero de 2017

Predicar con el ejemplo




Yo, que soy un ser sensible y sé 
que en este mundo sí, que en este mundo sí,
que en este mundo es innegable que se sufre, y veo
el sufrimiento de este mundo y lo comparo
con el de otros mundos, 
más o menos separados de este mundo,
y veo el sufrimiento de esos otros mundos comparándolos con éste,
como si hubiera muchos mundos, como si hubiera muchos mundos,
como si el mundo fuera 
un conjunto 
de mundos ensamblados,
como si las fronteras fueran lo real, en vez
de lo que nos explica la unidad en este mundo
que solo es uno; individual, esférico,
que flota en una nada comparada con el mundo
sin luz, temperatura ni oxígeno,
sin mar, ni tierra ni canciones,
sin nubes ni personas ni problemas; y si no
a qué tanta alambrada y tanto muro y tanta aduana
a qué tanta vigilia en plena noche y tanta cámara
de rayos infrarrojos,
y tanta policía
a qué tanta política para marcar la diferencia
entre los mundos que componen este mundo, entre los mundos
que fingen ensamblarse unos con otros
por cada cicatriz y componerlo como heridas
en articulaciones, cortes en músculos
del mundo, cortes
en sus tendones, que desangran,
que explican desangrando qué es la sangre
y que descuartizando indican dónde
estaban las uniones,
a qué tanta frontera artificial si las hubiera
naturales. No las hay.
Yo, que soy un ser sensible y sufro con el mundo te lo digo
porque no habría sufrimiento
si no fuera del mundo el sufrimiento,
el mismo sufrimiento para ti y para mí, por eso te lo digo,
no para que me compadezcas tú a mí
por el dolor de otro mundo que es distinto de tu mundo
sino para que sufras con los ojos hacia ti, para que veas
que tú eres el mundo y sufres tú si sufre el mundo y el mundo sufre si tú
sufres, si yo
sufro, si sufrimos
sufre el mundo, hay
sufrimiento.
Y no puedes poner una barrera al sufrimiento en este mundo
como si cortas una mano porque te duele un dedo. Dónde,
¿nunca has pensado hasta dónde dura un dedo,
y si ese dedo sería un dedo si nunca terminara?
Un dedo que es tan dedo como el mundo que no es dedo no lo es
para que sea -dedo-
tu dedo en el mundo, y vale ya este ejemplo,
si no lo entiendes créelo. Yo,
que soy un ser sensible te lo digo,
te pongo en otro ejemplo:
como cuando te empujo y tú te caes
encima de un castillo hecho de arena en una playa,
y dices que he sido
yo, que he sido, que yo he sido.
Te crees que estás diciendo la verdad,
aunque te he empujado a ti, y has sido tú, has sido;
tú has sido quien ha puesto cada minúsculo cristal,
cada trocito de concha en el lugar 
que ocupa ahora,
o cómo iba a calcular yo todo eso, cómo iba a calcularte entero a ti,
para saber qué partícula de arena iría a parar a cada sitio
de este ahora, después de que tu cuerpo, tu materia,
tu personalidad y tus recuerdos,
-lo que te empeñas en decir que eres tú,
a lo que tú, tan orgulloso de una silueta hacia adentro,
llamas yo-, ese sujeto de tus acciones, 
desde donde predicas, y estás diciendo
has sido tú,
has sido tú, como
un niño,
desordenara así el castillo.
Ahora
que has destrozado con tu ego ese castillo
dices que solo eres vehículo
para la fuerza destructora que te empuja
y que tu dedo y todo lo demás perdió
por culpa de otra cosa su equilibrio.
Y dónde empieza la "otra" cosa para que la cosa "una" seas tú
¿no lo has pensado?
Para que seas tú y puedas aducir que tú no has sido,
que no eres responsable.
Tú quieres ser irresponsable y te aíslas.
Yo, que soy un ser sensible te lo digo,
soy tú porque tú 
eres yo,
soy yo porque tú 
eres yo, hay
sufrimiento, es
como una fuerza que te empuja, te
lo digo, dítelo tú,
eres un ser sensible, como yo,
dite qué sientes, y qué es sentir
si no es el sufrimiento de este mundo compartido.
No te lo digo, me lo digo, no me escuches,
escúchate a ti.
Dímelo tú
a ti.

Destroza mi 
castillo.