Quizá porque el amor solo es la primavera.


Pasé de caminar al Sol
a preferir la sombra en mis paseos.
De pronto, sin mediación de primavera,
hacía calor en tus abrazos,
sed en tus besos.
Quizá porque en el amor solo hay otoño,
verano e invierno;
quizá porque el amor solo es la primavera,
y lo que no se puede mejorar
irá a peor.

Pero no te dije nada
porque hubiera muerto junto a ti
de amor marchito, caliente o frío;
Venus o Marte, si no podía ser la Tierra
en la que florecieras.
Te fuiste tú, y al irte
me demostraste que el espacio es triste e infinito.

Marrón.


No veo lógico que la selección de España de baloncesto pierda con unos australopithecus,
pero no es por eso por lo que no ocurre ese suceso,
sino porque no hay, que se sepa, australopithecus que jueguen a basketball
(ni que no jueguen, se supone, aunque quién soy yo para aventurarme en eso).
Quiero decir que mi opinión suele ser irrelevante, por disparatado que pueda parecer este argumento.
No tengo ni la menor idea de quién soy, ni de nada, y me comporto como puede hacerlo una molécula,
o un grano de polen sobre un vaso de agua. Hubo un sociólogo
al que hoy se venera como a un hombre de ciencias, Brown, quien definió un movimiento inesperado.
Y hoy yo digo:
¿Quién es el guapo que no se mueve porque no quiere? ¿Quién sabe hacia dónde va? ¿Quién se detiene?
¿Hay por aquí algún inmortal?
¿Cómo piensas ganar a baloncesto a un australopithecus, si no quiere jugar?

La hez de la sociedad.


Hay palabras que con la humedad
se pudren como el cadáver de Mozart.
Hay que decirlas los días soleados en voz alta,
para que no apesten.
Es frecuente que la gente se las guarde en la boca
logrando así un hálito mefítico
merecidísimo.
Otros las guardan en su cerebro
convirtiéndolo, hay miles de casos,
en un chorizo envenenado
de los que se usan para acabar con el perro del vecino.
Estos últimos jamás meten la pata,
pero tienen el semblante pálido y reseco
y cuando te hablan te adormecen.
A veces hablar no conduce a nada,
pero no hablar puede conducir al estreñimiento mental crónico,
y, amigo, una vez te lo han diagnosticado
cada nuevo pensamiento te pesará como un político.

Exabrupto.


Los que me compadecen
y los que me deploran
conforman una pléyade
de gilipollas.

La vida es sueño.


Hay un arco iris de deseos.
Y el cielo es transparente,
pero parece azul.

A veces veo a mujeres en el metro
atravesando el suelo por la tarde,
el cuello dislocado, la boca abierta,
como ellas no quisieran que las viera,
pero las veo, a veces.
Por las mañanas son más los hombres que se duermen.
Creo que todos tenemos sueño y lo sembramos
así, yendo y viniendo por la tierra,
y no miramos nunca al cielo,
para que llueva.
Como hormigas de colores pululando
por el bastón de un dios,
el bastón blanco
de un dios anciano
que ya era ciego hace mil años.

Acheunoeneuno.


Se terminó el verano, llega la gripe.
Miles de niños
latentes en las piscinas
serán lanzados al aire
como el antídoto de la salud.
Vuelve la realidad, y contra ella no hay Tamiflú.
Contra una gripe porcina nada puede una vacuna.
Las ministras la administran una a una,
encima.
La inminencia de la muerte
se parece a la llegada de Septiembre.
Y a la llegada al trabajo los besos,
de compromiso,
se asemejan a un suicidio colectivo.
La temporada otoño-invierno
este año tiene un virus exclusivo,
y para estar a la moda
la gripe habrá de llevar apellido.
Gripe “A”, como el equipo.
Prefiero morir de gripe
que vivir encapsulado
y que me claven agujas
preventivas con el bicho inoculado.
Lo que tenga que ser será;
se termino el verano,
ya, total, qué más da.





La ciudad es azul y es negra
y es blanca por la noche,
y por el día es amarilla,
gris y naranja.
La ciudad es gris por la mañana,
amarilla al mediodía
y por la tarde es naranja.
Y por la noche es azul,
y negra, y blanca.

Tú aún no existes,
y tu luz no lo ilumina todo.
De las sombras que mi cuerpo traza sobre el suelo
es de donde yo saco las lágrimas que de vez en cuando lloro,
la tinta con la que invoco tu llegada. Quizá
tu luz cambie el color de la ciudad
o quizá lo intensifique, sin ti
soy un pintor de recuerdos tristes
que más que recordarse se predicen.

Pero vendrás y miraré en tus ojos la mañana
y la tarde en tu cabello,
y la noche la sentiré en la piel al abrazarte,
y tú calor me secará las lágrimas.
Y la ciudad seguirá siendo gris,
y amarilla, y naranja.
Y azul, y negra y blanca, como siempre,
pero ya no seré su espejo nunca más,
o seré, quizá, la tinta de tu lente.

Supervivencia.



Gel,
miel.
Pan.
Tomates,
algo de carne.
Patatas hay.
Una docena de huevos.
Aceite, arroz.
Yogures, melocotones,
galletas de cualquier clase.
Cereales.
Leche hay,
azúcar hay.
Chocolate.
Una cebolla,
unos ajos,
pimiento,
calabacín.
Una lechuga pequeña.
Una lata de fabada
o de callos
por si acaso.
Pasta...
cerveza...

se me olvida algo.

La vuelta al cole.




He estado derrochando gotas de sudor al sol,
en la playa, y lágrimas cerca de las barras de los bares.
He sentido que el tiempo había pasado como un río subterráneo.
La luz del verano se ha vuelto estroboscópica
y ahora el otoño llega con la lluvia y con las hojas de los árboles
enseñándome a caer menos deprisa.
Como el paracaídas consuela a un abatido aviador
que vuelve a la infantería.

Te llamas Sara.


a S. P. G.



Bajo el agua, en silencio, dormías, Sara,
en un universo sin noción de lo grande y lo pequeño.
A salvo de la luz y con los párpados aún cerrados,
oyendo sin saberlo un corazón,
desde el momento mismo en que tus oídos se formaron.
Y a tu alrededor tu madre, Sara, y tu padre,
entre las batas blancas de los médicos.
Y un miedo como tú, creciendo,
como para los hombres crece el tiempo desde que nacen
hasta que mueren,
pero ese tiempo del miedo era una cuenta atrás
hasta tu nacimiento.
Y simultáneamente corría hacia delante
y crecía como el tiempo de tus padres,
que estaban ya fuera del agua,
entre las batas blancas, con sus párpados abiertos
de par en par.
Te llamas Sara, pero podrías llamarte Esperanza.
No tienes que comprenderlo.
Vive y danos sabor al aire,
sabor al agua, sabor a la luz del Sol.
No tienes que comprenderlo. Vive.
Te llamas Sara,
pero podrías llamarte Esperanza.

Pluma periodista.


Si me pagaran por escribir versos sobre Cristiano Ronaldo
los escribiría encantado.
Porque es como Amadís de Gaula,
como el Cid,
como Tirante el Blanco.
Paladín de los maricas
y de las adolescentes;
el héroe de los macarras,
de los forofos del fútbol,
de las jóvenes promesas;
de portugueses
y portuguesas.

Si me pagaran por escribir
en su favor...
¡ay! si
me pagaran.
Escribiría los versos más bonitos
esa noche.

Lo haría encantado.

Loaría su sonrisa,
su estilismo, su calzado.
Hasta su bisutería.
Y lo defendería frente a sus adversarios.

¿Quién es Kakà?
La misma palabra lo dice,
su vulgar antagonista,
su colonia de ultramar
evangelista.
Cuando Cristiano Ronaldo
se ve empujado a probar su santidad,
la pone a prueba en un bar.
Y si alguna vez no la prueba
es que es humano.
No es difícil no gastar,
lo difícil es ahorrar
siendo un hortera
millonario.

Y Raúl, no es más que un simple futbolista.

¡Ay!, si me pagaran
yo sería su cronista.

Pero no me pagan nada
porque hay muchos voluntarios,
mucha pluma periodista.

La poesía no es la solución...


La poesía no es la solución,
la droga no es la solución,
la muerte no es la solución.
La solución no es la solución.

Una censura llamada amor.


Todo el mundo parece tener novia en el verano
menos yo.

Camino como un turista ávido
de ojos y de labios, y de pechos
y de vientres femeninos;

voy, calle arriba, calle abajo,
de monumento en monumento.

No es solo la lujuria, ni el calor,
ni la moda de lucir marmóreos muslos.
Es más la búsqueda de una respuesta a las eternas preguntas:
¿Qué tienen ellos? ¿Por qué yo no?

Y luego pienso en todo
lo que hay que hacer y que decir,
y en todo lo que no hay que hacer,
ni que decir, tampoco,
en lo que no hay siquiera que pensar,
o que dejar traslucir en la mirada.

Y pienso en que aún así,
no acabaría la lujuria ni el calor,
ni los marmóreos muslos,
comenzaría solamente una censura
llamada amor.

Y te imagino, a ti, poética, ideal,
pongamos de belleza irreprochable,
mirándome a los ojos ya en la noche,
y preguntándome en qué pienso,

a quién miraba,

si no te quiero...

Y tengo ganas de ser ciego a la belleza,
e insensible a la turgencia.
Pero no puedo.

Abro los ojos, me muerdo un labio
y solo sigo caminando.

azeóTROPO


Veo a todas horas anuncios
sobre bebidas alcohólicas,
y mi familia las bebe,
han bebido siempre como esponjas.

Y mis amigos también.
(Punto y aparte).

He visto abrevando en la taberna
a desconocidos totales,
personas solas,
hombres, mujeres y niños.
He asistido al trasiego del alcohol por todo el reloj del sol
y de la sombra:
desde las seis, en el alba,
hasta las cinco.
Y en todas partes:
en el fútbol, los teatros,
las iglesias;
los medios de transporte públicos
y privados, valga o no la redundancia;
los más variados actos sociales, incluso los más luctuosos...
sí, he visto correr la bebida como alma que lleva el diablo, ojo,
literal:
me ocurrió en un funeral.
No sé de ningún otro remedio eficaz
para la vida social de los pueblos,
o para, de las ciudades, la soledad.
Aunque quizá exista, no lo dudo, en otros lares, en este lar
la solución son los bares.

Pero si preguntas a cualquiera
por la calle o en tu casa,
con resaca o sin ella,
y tenga la edad que tenga,
sobriamente te dirá:
¿beber yo?
no, no, qué va...
beber alcohol está mal.

Soy tan idiota que soy poeta.


Es como un peso en el aire:
como si la verdad fuera más densa.
Como un polen
que aumenta la sensación de atmósfera,
la arenilla que opone resistencia
a la ignorancia aérea;
leve, invisible, pero real.
Lo aspiro, entonces, en bocanadas lentas,
y dejo que se me prense en los pulmones.
Mi ser como las barbas de la ballena;
la jaula de mi cabeza abierta,
la idea volando como un pájaro, fuera de ella
aún, presa, tras los barrotes.
El papel blanco,
cubo de tinta,
la mano quieta.

Extraño.






Me extraña el ambiente aún ajeno.

Madrid socavada,
primavera muerta;
y mi húmedo yo, extranjero.

Luz falsa, aroma a cocina.

La ventana abierta un tintero negro, y en él,
estrellas hermanas,
la gente, que se siluetea buscando el aliento
usado del día, ya tibio, en la noche.

Murmura la brisa,
palabras auténticas entre la atenuación de los ecos
del ruido,
de cada palabra tasada
en la capital del viento
y su grito.
La hora de la verdadera tregua,
la última hora.
Revivo la intelección única, joven,
de un tiempo;
aquí aún soy un niño con zapatos nuevos.

D.E.P. Michael Jackson.


En su tumba duerme la música.
Y él camina eternamente por la Luna.

Rayos.



Primero la oscuridad,
después la lluvia
y luego la tormenta,
los truenos y los rayos.


Siempre es igual,
otras tormentas,
otras parejas
de verano.


No sé cómo no nos hemos dado cuenta.
En qué pensábamos
mientras se hacía la noche en pleno día.


Ya no me hablas,
yo ya no sé qué es lo que quieres que te diga.


Primero la oscuridad,
después la lluvia
y luego la tormenta,
los truenos y los rayos.


Arrecia,
con cada rayo un trueno
lejano, pero exacto,
y la tormenta acercándose,
acercándolos.


Ya no hay remedio,
ya no saldremos juntos de la lluvia.
Solo esperamos el momento
en que restalle la verdad.


Como un trueno
mientras refulge su relámpago,
y la tormenta no pueda estar más cerca.


Solo un instante, el que nos parta a la mitad,
y la tormenta, luego la lluvia, después la oscuridad,
comenzarán, de nuevo, a alejarse,
truenos y rayos alejándose entre sí.


Pero esta vez
te llevarán a ti con ellas,
lejos de mí.

Hipoteca blues.



De qué hablan los poetas,
me pregunto,
mientras clavas tu hipoteca
en mi hipoteca blues.
Y tú, grandísima hijaputa,
tú, gran banca,
no te preguntas nada,
solo haces números.


Ya en la calle
se me clavan las pupilas en el suelo
como pinchos traperos,
y así es como seguirán por muchos años.
Y mientras tanto, sobre mí, azul, el cielo,
negro de pájaros.

10 mandamientos.




Mi auténtico trabajo
consiste (1) en visitar mis límites,
rasgar (2) puesto de puntillas
mi perfil con un plumín
en una hoja de papel
desde debajo.
(3) Escribir intermitentemente
mi silueta
y unir los puntos con la mirada de los demás.
Salir a pasear con una sonrisa para todo el mundo (4),
y no (5) gritar jamás.
Besar a todo aquel que me lo pida (6).
Repartir mis bienes (7) entre los que los necesitan de verdad.
Amar y ser amado
al menos (8) por una persona en todos los momentos.
(9) Dormir sin rechinar los dientes.
Pensar dos veces (10).


Diez mandamientos que se resumirían en dos:


No amar a nadie como si fuera Dios, y
no amar, como si fuera Dios, a nadie.

M. B.



De Benedetti
siempre he pensado que era
un argentino raro,
hasta que de vez en cuando caía en la cuenta
de que era uruguayo.
Y pese a que todos hoy le lloran como poeta
yo lo primero que leí de él
fue La Tregua,
una novela.
Me llamaba la atención de aquel librito
una foto de Benedetti en blanco y negro.
Una cara que ya estaba vuelta de todo
y como si supiera que lo bueno en la vida es ir;
y supongo que lo sabía.
Luego leí su poesía (no toda)
y me sorprendió que alguien tan serio,
tan viejo y tan callado
pudiera escribir tanto
siendo la escritura un rasgo de los idiotas.
Sus poemas son como la luz que entra por la ventana,
pero en una oficina y por la tarde.
Escucho que ha muerto triste,
que irse supuso para él
una liberación.
Olvidan que este tipo de personas
conocen la naturaleza de las cosas importantes,
que él sabía que su vida se acababa,
que su vitalidad había sido mucho mayor,
que nunca más volvería a yacer con una chica,
ni a beber con sus amigos
ni a sentir pasiones correspondidas.
Que no habría más treguas en su propia existencia
y eso creo yo que entristece a cualquiera,
aunque tengas la apariencia de un viejo inofensivo
y miles de concejales quieran colgarte sus medallas.
Aunque vayan a visitarte ciertos amigos
que quieren cerciorarse de que te correspondes con tu foto,
tu firma en sus libros.
Mario Benedetti, como todos,
era un niño cuando murió,
y como todos lloraba, (aunque el suyo, sí, fue un llanto poético)
por el oxígeno.

La máquina del tiempo.



El destino viene
deprisa.
Se acerca sin hacer yo nada.
Yo no quiero que el tiempo pase,
pero pasa.
Todos, en esta jaula, somos lo mismo:
el mismo aire, la misma náusea.
Nobody habla.
Solo se oye el destino,
"el destino",
como el eco del mar sobre los acantilados:
lejano y monótono, socavándolos.
Termina el plazo de gracia,
el tren se detiene.
Llego al trabajo.

Vita flumen.



Veo vidas apiladas en estanterías,
rostros deformados por el peso de las otras vidas;
las sonrisas petrificadas:
risueños fósiles bajo toneladas de sedimentos.
Amigos muertos:
vidas fluyendo como corrientes marinas.
Veo la felicidad obligatoria,
relojes de luna marcando las horas.
Veo las gaviotas en las lonjas
haciendo retratos, graznando,
acarreando rosas.
Y creo que a mí no ha de pasarme,
que moriré de una manera individual, quizá peor.
¿O solo soy el sedimento que todavía no es roca?
¿Estrato superior, como lo fueron ellos algún día?
Amigos muertos:
vidas fluyendo como corrientes marinas.

He leído miles de libros sobre lo mismo.



He leído miles de libros sobre lo mismo.
Salen dos niños.
Los niños juegan.
Sale una niña,
besa a uno,
luego se pegan.
He leído miles de libros sobre lo mismo.


Sale una niña,
luego se pegan.


Sale una niña,
elige a uno,
el otro escribe
una novela.


He leído miles de libros sobre lo mismo.


La niña juega.
Salen más niños,
salen más niñas,
hay más peleas,
hay más novelas.


He leído miles de libros sobre lo mismo.


Salen dos niños,
los niños juegan,
ahí no hay novelas,
nadie pelea;
no salen niños.


Sale una niña,
elige a uno,
he leído miles de libros sobre lo mismo,
luego se pegan.

Siguen y seguirán.



Mientras un poeta habla

poéticamente

hay un montón de mentes escapando

como las cucarachas, como peces.

Hay un montón de ojos en silencio,

oídos en blanco.


Hay durante el parlamento

anfibios del lenguaje al descubierto.

Y entre los dientes de las sonrisas, preso,

hay desprecio.


Pero siguen y seguirán hablando

los poetas.


Y hablan y hablarán

poéticamente.

Frenesí.



TE BESÉ, pero quería comerte.
Quería morderte la cara.
Masticar tus ojos,
tus pómulos,
tus pestañas.
Beber tu sangre, tu saliva,
tus lágrimas.


Te amo tanto
que te acabarías enseguida.
Por eso hablo contigo,
te llevo al cine y conozco
a tu familia,
a tus amigos.
Por eso solo,
solo por eso,
te beso.

Exhumación poética.



Me paso a la patata como hipótesis
poética de trabajo.
Me paso a ella porque la amo.
Porque empapa en mis entrañas
todo lo que hay en mí de bueno.
Porque rara vez no se ha dejado masticar,
porque en noches de luz amarilla
ha sido una amiga desinteresada,
porque se vista como se vista
está buena.
Y la hago puré
con mi parloteo y no dice nada.
Al amarla no creo hacer nada malo,
nada que los demás no hagan en la sordidez de sus madrigueras.
Solo que yo lo llevo gala.
Como con ella a plena luz del día:

me sobran huevos.

Francisco Sánchez.



Paco,
nervio ciático.
Traje azul
marino
diplomático.
Ácrata corbata sobre fondo blanco.
Consistorial passepartout.
Cráneo previlegiado
(e hígado).
Divino
abogado
avilesino.

Ya casi no me afecta.



El miedo de no saber
ni tan siquiera cuáles
son las preguntas menos insignificantes.
De que lo que me ocupa,
lo que hace que cada mañana
me duelan las mandíbulas por masticar mis dientes
no sea lo que me importará cuando no tenga tiempo
ni tan siquiera
que masticar.
Que nada importe,
ni tan siquiera nada.
Que salga por la puerta como un rayo de luz
y no ilumine a nadie.
Que mi letra debería ser soluble en agua dulce
y fría, no en lágrimas,
ni tan siquiera suyas,
y más pequeña.

Letra para una zamba.


(Primera)


Entre el hambre y el absurdo
algunos
hallamos la pena.
La hallamos buscando mucho.
Pero hay quien dice que quien busca mucho encuentra.
Si esto es verdad, la vida solo es hambre
y absurdo.
Como el día y la noche domésticos del hombre,
o como los universos cerrados.
O como el futuro
y el pasado.
Y yo aprecio la belleza de las llamas, su calor,
aunque se quema mi casa.

O quizá no respiraba.



Ya basta de palabrería.
Yo busco el alero de un tejado
al menos, para la lluvia.
Un trozo de pan
o unos calcetines secos,
y mientras tenso mis trampas de ratón
en el desván
las mujeres me olvidan,
los hombres extravían mi teléfono.

Hoy al despertar he descubierto
que habían pintado un grafitti sobre mi cuerpo dormido
sin percatarse de mi respiración
o quizá no respiraba.
En dos colores habían trazado sobre mi cara otra.
Sobre mis manos otras.
Al levantarme pude ver claramente de reojo en la pared
la silueta impoluta de un camaleón
y quise no ser yo.
Pero es que hoy hay tanto tráfico otra vez
que no he tenido tiempo de desayunar
antes de irme de casa
ni de mirarme al espejo.

Eones, meses, patatas.


Marzo ha pasado ante los ojos
de mis patatas. Pronto
dejará de estar presente,
engrosará el pasado, como todo lo demás.

Curiosa manera de inventarse un porvenir, el hombre,
el calendario, con sus meses.
Como si pudiera acotar el tiempo.
-Meses, qué será eso-
se pregunta Cronos, y se sujeta el vientre
temeroso por los puntos aún después
de tanta convalecencia elíptica.

De hecho a él, como a todos los dioses,
le parece que la rueda empezó a girar ayer,
porque siempre que la mira olvida que ya la ha visto en esa misma posición,
así soportan ellos la inmortalidad,
y por eso nosotros no.

Nosotros creemos verla distinta cada vez:
los padres, los hijos, las emociones,
las palabras, siempre distintas, pese a ser iguales.
Como los hamsters, trotando en la de su jaula.

Y sin embargo no me he comido las patatas
y parecen árboles otoñales.

Agróstico.



Parto de la base
absurda de que todo
tiene una,
a pesar de que tendría
tantas dudas
a mi alcance.

Elegía del escorbuto.



Si cada letra valiese una cebolla
valdría la pena.


Si cada palabra un guacamole,
cada frase una tortilla,
cada estrofa un estofado.


Pero como se ha demostrado, escribir
no mitiga en absoluto
la anemia de los poetas,
los poemas no se comen,
ni siquiera sirven ya para ligarse a una tía.


Tengo hambre de tu cuerpo
y mucha sed de tus besos;
dije yo aquella vez, y lo mantengo,
pero de amor no se muere,
ni se vive de poesía.


¡Oh, patatas, poèmes de terre,
os echo tanto de menos!

Pata(le)ta.




Dame patatas, que las cuezo y me las como.
Con su sal, su lubricante de oliva,
con su pimentón picante y tal
por encima.
Patatas. Amarillas.
Dame
patatas. Son mías.
Son grasientas
fritas, como
mantequilla,
cocidas.
Es igual.
Tú calla y dame patatas.
Dame ya patatas, coño.
Tengo hambre, no es amor.
No he comido en todo el día
y ya es por la mañana.
Dame patatas,
por favor,
Voy a llorar.
(Sollozos).
Soy patético cuando me pongo.
Patatético...
Plato hondo, plato pando
tanto monda, monda tanto.
No las partas tanto tonta.
Tonto.
Perdona.
Me va a dar un patatús si no me das
tús patatas.
Te quiero y tal.
Echa sal.
Dame patatas ya, puta, pronto.
Puto Paco*...
¡Más! ¡Más!
*Francisco Pizarro

Transferencia positiva.



Me encanta la puerta blanca de mi baño.
Es una puerta clásica, sin alharacas,
para entrar y salir, y suele estar abierta de par en par,
exhalando el vapor blanco de la ducha,
regalando el aroma de su gel.

Los objetos que poseo:

he elegido algunos entre muchos
comparándolos en tiendas y catálogos.
Otros fueron escogidos para mí
por otra gente.
Eso no tiene que ver con su objetivo
ni con cómo se comportan.
Me he encontrado sorprendentemente cerca de sentir felicidad
mirando tan tranquilo esa puerta.
Esa puerta blanca clásica.
Mirándola, sin traspasarla.
Es como yo la imagino cuando no está;
como debería ser:
sencilla, profesional,
abierta.
Y no necesita demostrar nada.
No tiene pestillo, su retórica es otra.
Es curioso que la principal materia de esa tranquilidad
consista en comprobar que todo es
como nosotros suponíamos,
y cuando miro esa puerta ella me reconcilia con el mundo.
Su existencia convalida la carpintería de mi organismo,
al mirarla sé de qué va todo,
que puedo equivocarme o acertar
que la vida puede ser normal,
que existe un canon de belleza más pacífico,
que cada lado de una puerta siempre tendrá
su otro lado.
Que no se puede estar toda la vida cuerdo
ni toda loco.

El tiempo a vista de pájaro.

(foto: ibotamino)

Una playa infinita
y el tiempo, incansable,
paseando,
dejando huellas
por allá donde transita,
dejando
millones de miles de granos
de arena
inutilizados
cada paso
lado a lado.
Tenemos las cabezas
llenas de pájaros.
Ese y no otro es el problema.
Pájaros anacrónicos
sobrevolando arena,
sobrevolando mar,
sobrevolando huellas
de paso.
Quién se atrevería a pensar
que cada pájaro en el aire
nace en una piedra
en un zapato.

Eco.



El ruido fuerte del tren del que acabo de bajarme
saliendo de la estación, adelantándome,
rugiendo como una amenaza,
comparando su estruendo con mi peso,
como si fuese a descarrilar, como si no
cupiese por el túnel de salida,
como gritaría un suicida.
Quiero gritar yo de miedo y pienso qué.
Te recuerdo inmediatamente,
bajo aquella autopista urbana
gritando te quiero, y era a mí.
Y no es justo, aún el tren no termina de salir.

Trato.



Trato de no parecer triste.


Solo, me hablo
y siento que, como suele ocurrir
con el resto de la gente,
hay palabras que no suenan igual
por los dos lados.


Al menos trato
de no parecer triste.


El camino que me trae hasta aquí es el que es,
no comprendo cómo puede parecerme
que el futuro está abierto a mis anhelos,
a mis decisiones, a mis algoritmos arcaicos.


Al menos trato...
no, no me justifico,
trato de no parecer triste.


Solo soy un analfabeto lleno de libros,
me gruño a mí mismo.
Sé lo qué parezco:
un perro persiguiendo su cola,
un extraño en el paraninfo.


Trato de no parecer triste
solo, sin zapatos.

San Valentín.



Hombres y mujeres
y hombres
y mujeres
y regalos

Hombres mujeres regalos
Y planes y palabras
Y flores
Y bombones
Y retrasos
Y finales premeditados
Y fracasos
Y convenciones


Brindis y albornoces

Y poemas bailes
y canciones y zapatos
y pisotones

Te-amos
No-llores


San Valentín patrono
de enamorados

Palabras
regalos

Febreros
catorces
patrones
pueriles almas
robot viril
valiente santo
el kiki DIN.

In Paths Untrodden


a Jorge del Valle



La hierba le dijo al árbol:
Los coches vuelan,
Y al árbol le temblaron las raíces de la risa.
Y la hierba insistió: no tiene gracia, insisto,
yo lo he visto.
Pero el árbol ya pensaba en otras cosas:
en el viento entre su fronda,
en los hongos a su sombra...
y la hierba repitió:
¡los coches vuelan!
Pero nadie le creyó.
Hasta que un coche voló
para darle la razón.
Dentro, su conductor reflexionaba:
la hierba es el cielo,
el suelo está vacío,
me voy a matar, de lo raro que es esto.
A veces la realidad se vuelve tan rara que resulta insoportable y nos morimos.
No es fácil ver el mundo dentro de un coche volador descontrolado,
sin embargo, la vida y la muerte no tienen nada que ver con lo que vemos,
por eso a veces no hay árboles en nuestro camino,
aunque invadamos su espacio aéreo.
Nosotros, como los árboles,
solemos tener la cabeza llena de pájaros
y creemos en dioses carpinteros.

Sísifo.



No sé por qué
asigno mayor índice de verosimilitud
al cavilar sombrío que al luminoso.
Cual si la luz cegase,
cuando me siento alegre lo achaco a una embriaguez.

Por el contrario, en el borde del agua de cada depresión,
en cada coqueteo grave de negros agujeros que me succionarían,
me inclino a interpretar un estado de gracia. Es
como si en esos trances
pudiera ver fantasmas que a diario me rodean,
que diariamente ignoro como se ignora el aire
hasta que vuelve a ser vital, y como
si el aire natural fuese falto de oxígeno,
como si fuera malo respirar.

No sé por qué, pero sospecho algo.
Pues he intuido sombras que han de obedecer
a opacos cuerpos
y en ocasiones huyo por instinto.
Y lo más lejos que he llegado en la investigación de este fenómeno
es hasta aquí, a la formulación de su extrañeza.
Y aun conociendo bien el cauce que sale de la duda,
su rumbo recto e instantáneo;
tengo valor tan solo
para trazar mis círculos.

el Amor, yo...



Lo ignoro todo en relación a mis mareas pesimistas,
pero existen.
Como los ires y venires selenitas de las mujeres,
como el romanticismo útil,
como la lluvia que cae en el suelo de los antípodas.
Conozco en cambio a la perfección
miles de objetos inexistentes que utilizo y me utilizan;
años bisiestos,
semanas de siete días,
la Física, la Matemática,
el optimismo,
mi propia muerte,
el Amor, yo...

Impedimenta.



Para escribir solo hace falta
papel y lápiz
y alguna idea peregrina.
No hace falta tiempo,
ni inspiración,
ni ser un genio.
Ni tener hambre,
ni tener frío, miedo, depresión,
ni ser marica.
Ni andar por ahí esparciendo
bacilos con cada tos.
Quizá sí ser un niño,
creerse uno mejor que los demás,
estar falto de cariño, ser un iluso...
aunque esto último
solo hace falta, en rigor,
para seguir escribiendo.

Jueves




Al fin, se ha hecho la soledad.
Hay un aroma de paritorio.
Sobre el sofá despierta un hombre de su siesta.
Es jueves, y la aspiración del fin de semana
ha secado de gas sus pulmones.
Rompe a llorar ante la hermosura
de lo que no puede igualar su esperanza.
La felicidad pasa, y es tan leve
que ha de referirse a la nada.

Espejo, espejito...






(foto: Xosé Castro [http://www.flickr.com/people/cibergaita/])





Yo soy el que llama.
Tú esperas.
Yo soy el que llama a la puerta.
Yo, en el frío callejear, afuera.
Yo, en mi duro universo grisáceo,
tu acera.
Yo alerta, yo vivo,
yo pulso tu timbre cabrón,
sorpresivo.
Pronuncio mi nombre y lo veo
mojar mi reflejo en tu acero.
¿Espejo, espejito,
se abrirá la cueva?
Aguardo. Observo. Examino.
Y que todos estos bastardos automáticos se llaman igual...
Microlarbi;
¿qué lascivo ladrón, cuál, de Sésamo
habrá sido el tal?
¿Quién va?
Escucho tu áspera voz.
Carraspeo.
Abra, Alí Ba Ba,
la Publicidad.

Tango.

(foto: ibotamino)


Lo que se aprende del tango es que otros
antes que nosotros
han desperdiciado sus vidas
y que al final no haberlo hecho hubiera sido quizá
el mayor desperdicio,
la mayor tontería.
Oyendo cantar
a Gardel,
a Julio Sosa,
y a tres o cuatro más,
me oigo llorar por las noches
en vela
cuando nadie me ve, ni siquiera
yo.
Y es el bandoneón
de la resaca de los años
quien nos recuerda que ayer pasó un tiempo de atlantes,
y que aunque no recordemos nada en especial
nuestra vida ocurrió
y fue memorable.
Los primeros años de salidas nocturnas
vienen a mi mente como luces oscuras
y de aquel niñato que vestía mi piel
solo sé que era yo porque en el álbum de fotos
aparece siempre
rodeado de Vosotros.
Y es el bandoneón
de la resaca de los años
quien nos recuerda que ayer pasó un tiempo de atlantes,
y que aunque no recordemos nada en especial
nuestra vida ocurrió
y fue memorable.





No es lógica proposicional.




La suma de los segundos es una constante de importancia
en una vida.
Todos los segundos que nos restan suman
siempre lo mismo.
Por eso de niños no les damos importancia,
y de mayores sí.
No es mentira, no es aritmética,
no es literatura.
No es lógica proposicional.
Mi vida siempre empieza hoy y terminará
en la práctica el mismo día,
y todas mis vidas tienen para mí un único valor;
lo significan todo, por eso
mi último segundo
será el mejor.

Sed.




La oscuridad y el frío tras el cristal
y dentro no había luz, aunque veíamos;
todo el calor emanaba de nosotros.
Al término la sed apareció y no se ha ido.
El vidrio protector lloró por devolver el agua,
pero juzgamos que le pertenecía,
y con la luz del alba nos separamos y la sed,
que no deja de ser agua negativa, se dividió.
Sedientos ambos de la misma sed, tú allí, aquí yo,
del mismo río.

De llover y parar

¿ Este día va a ser como ayer? ¿De llover y parar, parar y llover?