De ahí.


De ahí mismo;
de entre mis pasos, y los de la gente que abarrota la calle;
de entre mis pensamientos turbios,
preocupados.

Del regusto lejano del café,
entre el humo de los coches,
el estruendo de las obras,
y el tráfico.

Es de ahí de donde hablo.

De entre faldas, pantalones y zapatos;
de entre hombres y mujeres,
y otros hombres y otras mujeres,
y de entre ellos y yo.

De entre la infancia y la lasitud.

Del presente, sin privilegiarlo.

Busco el lugar que rodea la sombra,
el intersticio entre dos nombres,
el algoritmo para cada silueta,
el muro de lo inefable.

ritardando
Del regusto lejano del café,
entre el humo de los coches,
el estruendo de las obras,
y el tráfico.

...siempre...



...antes.
...algo antes.
...pasa algo antes.
...siempre pasa algo antes.


Es difícil ver desde dentro
un ciclo completo,
pero lo que nunca veremos
es su comienzo.
Porque no comienza él,
sino nosotros.
Y nunca pasa algo antes
que no pasará después,
ni viceversa.

Olbàp Anìtroc, poeta anterior.

Pathos.



Hoy
he visto llorando un pato:
cuáa, cuáa,
cuán desgraciado soy,
cuáa...


su triste parpar carece de eco entre los humanos,
que lo preparan al horno,
que lo reducen a almohada,
que lo confinan en lata
confitado, o con cointreau
a la naranja...
patética contrariedad,
cuáa;
sin parpadear.


Sobre su estanque de plata
entreoí hoy los ecos de un planto de ánade onírico,
de pato proteico,
de magret sangriento
de oporto.
Y junto a él, paradójicos,
tan sordos como los hombres,
como el albaricoquero cómplice,
e inermes, su guarnición de orejones.

Cuantico amor.




Al parecer existen miles de Universos,
no sólo Éste.
Uno tras cada decisión, tras cada posibilidad.
Solemos creer que lo que no ocurre no existe, pero,
parece ser,
la probabilidad gobierna el Mundo.
Se trata de conceptos que quizá la simple mente humana
no pueda comprender;
para eso ha creado el hombre
las matemáticas, la fe
y a Stephen Hawking.


Empíricamente yo,
un ignorante,
he descubierto que es cierto.
Porque estoy en una rama equivocada
del árbol en que la Física, a cada instante,
convierte mis infinitas vidas.
Y la memoria cuántica de mis neuronas
y de mi corazón
me grita
que dé la vuelta,
que hay miles de futuros junto a ti,
pero este no.


(Y de volver atrás
Stephen Hawking
no dice nada).

Calle/plaza/avenida/travesía.

foto: ibotamino (Fer)

Hay notas de Stradivarius
que más bien son desvaríos.


Rebotan aquí y allá:
una pared, una orquesta,
un tímpano desprevenido...


Por el contrario otras veces
la vibración simpatiza con alguien
y se queda agitando una cabeza,
explicando una emoción.


Ya suceda este fenómeno en un teatro,
auditorio, o una iglesia,
o aunque suceda en la
calle/plaza/avenida/travesía,
al recibir el mensaje, esa cabeza
convierte en artista al músico.


Y no importa que el violín
no sea un Stradivarius,
o sí,
ni el teatro, el auditorio o la iglesia;
ni por supuesto tampoco, entre público y artista
importa el tipo de vía.

Alegría.



De entre todas las formas de la alegría,
y son muchas, entrado ya el siglo veintiuno,
yo he elegido, por costumbre y por salud,
por socialismo, presión de grupo, o camaradería,
el cubalibre
de to’ la vida.
Y porque estoy de acuerdo en todo con su nombre,
pues yo me siento a veces una isla y me libera,
y porque pienso solo de corazón
en su vasodilatadora compañía.


Y porque es mejor beber de pie
que vivir, bajo la dictadura abstemia,
de rodillas.

Si los amaneceres pensaran...



Si los amaneceres pensaran discutirían
por nuestra causa.
Por no saber quién sabe más sobre nosotros:
si nos queremos,
si no,
si hoy es mejor o peor que ayer
o que mañana.


Unos amaneceres y otros no se pondrían de acuerdo, porque en algunos
amanecimos juntos en la misma cama y en el mismo beso.
Nos despertó la misma luz del mismo amanecer
al mismo tiempo.


Otros dirían que estábamos separados,
que despertaron a dos personas distintas
en dos distintas habitaciones,
atravesando cada ventana de una manera,
incidiendo en dos ángulos distintos,
sobre las sábanas.


Si los amaneceres pensaran se reunirían para charlar,
discretamente,
en las hemerotecas.
En torno a una gran mesa redonda
cuya presidencia habría de rotar cada día,
siendo además
el presidente de turno
el único ausente...


Yo mismo cedo a veces a la tentación
de no considerar a los amaneceres
como una sucesión continua.
Me resisto a pensar que la última palabra es la opinión última,
que la última emoción es más auténtica que las anteriores.
Que hoy es más mi vida que ayer,
que mañana.
Que yo existo, si he de ser
solo una procesión de individuos
que se repiten:
fotografías
que hacen cine.


Y no lo pienso, a la luz de algunos amaneceres
y a menudo confío mi vida a su discreción.


Si al acabar la vida de los poetas
no queda más que un libro de poemas,
qué va a quedar de hoy.
Imágenes calcadas, y sobre ellas
los mismos pensamientos.
Hasta la luz del alba es neutra
y en el resuello de los semáforos
se escucha al mismo locutor
hablándonos del tiempo
que hará mañana.
Hoy ha acabado todo,
somos carnada a barlovento
de los cronómetros hambrientos.

Vida.




Hay un resto poético
entre los alquileres que voy dejando a la deriva.
Todo movimiento periódico produce un sonido,
aunque su frecuencia sea inaudible
para la mayoría.
Yo salgo del banco con distinta ropa cada vez,
como en una elipsis cinematográfica,
y para el banco y mi casero soy como un cometa
que pasa cerca el día uno de cada mes.

Pero puedo asegurar que estoy vivo
y que existe una envolvente de los múltiples periodos
a los que me someten la naturaleza y la sociedad.
Que el mundo cambia por mis decisiones,
que soy tan culpable de todo como el que más.
Que cuando yo muera
habrá más silencio y más tristeza en una casa.

Repámpanos.



Qué coñazo
vivir toda la vida.
La vida entera esperando
instantes mínimos
y tan inexistentes
al fin
como la muerte.
Algún momento loco
y muchos plácidos,
pocos de auténtico dolor,
la mayoría de paso.
Y el malhumor de no saber
si fue la última vez
que respiramos,
si volveremos a comer
calabacín.

Cuando yo tenga setenta y pico años.

Cuando yo tenga setenta
y pico años,
seré mucho más sabio
que lo que soy ahora,
con la sabiduría
mucho más honda y
por lo tanto
seré menos sabihondo.
Pero estas letras
que no se lleva el viento
seguirán entonces siendo mías:
mientras yo voy viviendo,
mientras yo las escribo
lo siguen siendo y
no puedo evitarlo.

Tal vez, cuando tenga setenta
y pico años las leeré
por un casual.
Me las traerá a la vista un disco duro
resucitado por el cambio a otra tecnología
y al leerme
tal como soy, cuando ya no lo sea,
pensaré en mi pasado con nostalgia
y con melancolía.

Y no estaré de acuerdo al cien por cien,
eso es seguro, con palabras ni ideas,
pero siento que ese yo que aún no soy
seguirá siendo algo de éste:
agudizado por la vida;
por la constatación de sus temores.
Y desde ese extremo del lapso
la nostalgia
será el miedo natural a la inmediata muerte,
solamente,
pero la melancolía será horror
por esa vida,
que viéndose desde éste,
en perspectiva,
se ve también desperdiciada.

Aunque quizá no viva tanto,
es el consuelo de este día.

De llover y parar

¿ Este día va a ser como ayer? ¿De llover y parar, parar y llover?