Una huelga

Una huelga de la minería por la enseñanza.
Una huelga de médicos por la limpieza.
Una huelga en la industria por los
controladores aéreos.
Una huelga de alumnos por las pensiones.

Y sobre todo una huelga
de políticos.
Por la política.
Al menos
por la política.

Ah, lector


A veces no basta con la atmósfera, hay que leer otras historias.
Huir de aquí por las ventanas del papel y respirar otros alientos.
Vidas nacidas anaerobias dejan de serlo para librarnos boca a boca.

¡Ah, lector!
Submarinista ebrio de mar,
óptica branquia,
filtro de letras que desleídas de los fondos
de sedimento hallas.
¡Emerge allá,
sal de la página
ya para siempre otro!

el filtro del genio






El hígado de Lou Reed
murió en mayo.

Extrajeron al maltratado órgano
en un quirófano cualquiera de la Gran Manzana.
Fue a parar a una bandeja de metal
fuera de la vista de todos, excepto
la de la enfermera absorta
que pensaba vaguedades mientras sus blancos zuecos desapercibidos
materializaban el cortejo fúnebre.
El recipiente de la ingratitud humana es el vasto mundo.

Solo Lou Reed, al despertar,
notó que el dinosaurio

ya no seguía allí.

39, y aún






At 66 just learning how to take care of my body
Allen Ginsberg

39, y aún se le suponen a mi cuerpo
facultades poderosas
que la Naturaleza
¿en su gran sabiduría?
hace transparentar en nosotros,
mientras dura la famosa juventud,
como el aire ante los ojos.

Aquella camarera me ofrece una tapa de torreznos
duros, correosos como un cocodrilo de 100 años.
Mis supuestos dientes sonríen
mi supuesto estómago se regocija
y vierte sobre sus pliegues un orgasmo
de ácido clorhídrico.
Tal vez podría engendrar con ella un hijo,
eso estaría bien.
Él masticaría mi edad hasta hacerla cenizas.
Pablo Cortina, asúmelo,
un torrezno puede ser la piedra
extraída
de tu locura.

Aullido, (pero a Miguel Gila)









Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura,
hambrientas histéricas desnudas,
arrastrándose por las barriadas de los gitanos al amanecer en busca de un colérico pinchazo.

Y aún éramos niños que jugaban a fumar tabaco a comprar cartones de tabaco
y a vender cigarrillos sueltos en el patio de la cárcel que los supervivientes del franquismo llamaban instituto.
Que recibían las hostias en todas y cada una de sus sagradas formas.
Que se ponían en fila en las aulas sin calefacción de los suburbios para aprehender la parte más violenta de la instrucción adulta.
Que hablaban entre ellos tapándose la boca y los oídos y aún así los ojos de la complicidad contaban sus historias.
Que hacía cola para humedecer sus ojos de pura rabia y aprendían a odiar el poder establecido con sus pálidas mejillas enrojecidas por el guantazo del maestro que al mismo tiempo empolvaba sus tiernas faces con polvo blanco de tiza precursora como el maquillador de una película de zombies.
Que abandonaron las escuelas y anegaron las universidades creyendo que el mundo era un embudo hacia el cielo con la ingenuidad del agua que fluye en círculos como si huyera de la atmósfera hacia otra atmósfera mejor atravesando el sumidero.
Que entraron en los bares de los viejos con el dinero de los viejos y bebieron la bebida de los viejos con furia renovada, un joven bebe lo de diez viejos lo de cien viejos, sacando el polvo de los estantes rascando el fondo de las barricas, llenando de vómito cada retrete cada alcantarilla cada intersticio de la ciudad de norte a sur, de oeste a este de la península.
Que se durmieron en las aulas magnas en los pasillos de los aularios en las cafeterías de Medicina de Económicas de Biología de Derecho de Filología. De los conservatorios entre nubes de maría y salmodias corales y escalas de teclados en el piso de arriba, de violines en las microscópicas salas de estudio, preludio de los estudios y las buhardillas que la ciudad tenía previsto alquilarles para que compartieran su rutina. Y lo hicieron.
Viajando al exilio de la colmena a través de autopistas asfaltadas para ellos, sobre raíles fijos al suelo indicando la única salida para ellos.
Mientras los viejos ebrios de dinero observaban su éxodo como los pescadores imaginan retorciéndose a su cebo bajo el variable espejo de las negras aguas que rodean a la luna.

¿Qué esfinge de cemento y aluminio abrió sus cráneos y devoró sus cerebros y su imaginación?
Moloch hambriento dios inmaterial que sacia su agujero negro con la pura potencia de infancias materiales.
Moloch el alquiler inmenso el aval del inocente a mil kilómetros.
Moloch el euro que no alcanza al periódico al café con leche al pan.
Moloch la gasolina el alquiler de la plaza de garaje la zona azul la verde la naaranja. El seguro la viñeta el certificado médico del médico que certifica la asunción del nuevo statu quo con un fonendoscopio adherido a la piel sudada de la espalda como una sanguijuela ahíta pero acaparadora.
Moloch la mirada del compañero tras el panel del cubículo, reojo de caballo de carreras antes de la salida del grand prix.
Moloch la pole position ante la puerta automática del metro en el vagón que deposita el cargamento humano frente a la curva que desemboca en la escalera automática también que solo es de subida hacia otra puerta de tren o de autobús.
Moloch la prisa por ser el primero en alcanzar el ascensor que nos lleva a la rutina bajo la mirada distraída de los mil seguratas que vigilan a los negros de nosotros a los latinos de nosotros a los pobres de nosotros a los parados de nosotros y están plagados de tatuajes como cutáneas afecciones supuradas que propagan vítreos virus mentales administrados por los rayos catódicos por las pantallas planas de cristal líquido de plasma LED táctiles o teledirigidas.
Moloch las pizzas Moloch el sushi Moloch la agricultura ecológica Moloch la náusea ante el espejo los complementos vitamínicos y hormonales en el gimnasio a las seis de lamañana o a las doce de la noche.
Moloch el matrimonio coyuntural las hipotecas el semen enriquecido con enzimas resbalando por el rostro en dirección a la vagina cuyas inmediaciones depiladas imitan la inocencia del universo con su sardónica sonrisa.
Moloch mental de sueños transplantados, cráneos juveniles como jardineras apiladas en las estanterías celestes de los supermercados.
Aparcamientos gratuitos para entrar en misa aparcamientos gratuitos para entrar en galerías comerciales aparcamientos gratuitos para entrar en mueblerías nórdicas en la ribera del Mediterráneo, en tiendas de electrodomésticos en agencias de viajes a las fotografías de las revistas al último fotograma de las películas.
Aparcamientos prohibidos para entrar en los colegios y en los hospitales aparcamientos reservados para entrar en los museos y en las cárceles y en los ayuntamientos y en los cementerios.
Moloch infinito adverso genético continuo transparente aéreo subterráneo hueco húmedo tácito vírico.

Miguel Gila, estoy contigo en la trinchera donde estás más loco de lo que yo estoy.
Estoy contigo en la trinchera llamando por teléfono al enemigo
Estoy contigo en la trinchera descolgando ese teléfono entre bombas y napalm
Estoy contigo en la trinchera con el pecho oprimido entre la multitud y una valla azul que empuñan los antidisturbios
Estoy contigo en la trinchera rodeando el congreso y siendo observado desde una ventana mientras el café caliente empaña el anteojo del político
Estoy contigo en la trinchera y no llevo papeles y no me identifico y soy zarandeado y secuestrado en el centro de Madrid estabulado en la calle de Alcalá con los nardos apoyaos en la cadera
Estoy contigo en la trinchera contra vecinos aulladores que precipitan cabras los domingos al abismo, que prueban pirotecnias en los culos de las ranas
Estoy contigo en la trinchera solicitando revisiones de préstamo desnudo en el hall de los palacios que okupan los banqueros
Estoy contigo en la trinchera nadando entre las lágrimas de desesperación del que confunde el mero alivio con la felicidad y olvida el sueño del futuro.
Saboreando cada litro de oxígeno que robo a las máquinas de guerra tragaperras cada gota de agua que hurto a los mercados cada descarga eléctrica que no declaro e ilumina mi interior en el lugar que el sol ocupa en mis recuerdos y aún da luz en contra de todos los gobiernos.
Estoy contigo en la trinchera pensando por mí mismo acodado en el barro viendo mis piernas marcar su propio ritmo haciendo un mundo a la medida de este mundo un tiempo a la medida de este tiempo un hombre a la medida de cualquier hombre
agradeciendo con sonrisa involuntaria contigo en la trinchera cada gota única de lluvia.

La página en blanco, o el campo de Higgs




El poema sería el punto de equilibrio entre dos universos poéticos.

La clave del poema es que su carga poética sea cero, de modo que cualquier carga -poética-, positiva o negativa, lo desestabilice; dando así lugar a un big bang del que surja un universo poético.

Podemos decir que los poetas tienen carga poética positiva, ya que generan poesía, y que los lectores tienen carga negativa, o carga anti poética, ya que la demandan. También podríamos decirlo al revés, dado que es una cuestión de mera nomenclatura, o de punto de vista, como ocurre con la materia y la antimateria, o con las cargas positiva y negativa del electromagnetismo. De cualquier modo, el punto de equilibrio, el ¨cero poético¨ sería el mismo: el poema.

Parece paradójico, pero dentro de los límites de la analogía no lo es. El poema como equilibrio naturalmente inestable, como singularidad, como objeto literario que encierra mundos gemelos a cada lado de sí. Tan infinito uno en sus interpretaciones como insondable su opuesto, tan profundo un extremo cuan aguda la capacidad de escrutinio del otro.

Un agujero negro de proporciones humanas, y la forma poética -sea cual sea- conteniéndolo, como horizonte de sucesos.

poeta





Dicen que un poeta ha de haber leído,
que un poeta es como una antena parabólica de sueños 
de emociones
y de belleza;
que un poeta no pisa el suelo nunca, va por el aire
porque flota, ligero como un átomo de oxígeno,
pero también hoja de árbol, pluma de gaviota,
beso hacia barco que zarpa entre brumas…

y que un poeta se cuela como la brisa
entre los labios de azúcar de los lirios
entre el cabello ondulante
de las ninfas;
entre el valor y la furia,
el miedo y el llanto,
dicen.

Yo he querido ser uno de ellos.
Creía de niño que me iba a estallar el tórax,
sentí en mi instinto el aroma de la tierra 
antes de la tormenta, en mis nervios
su tensión eléctrica,
en el estómago su voltaico vacío, 
preludio del rayo de la palabra.

No flotaba,
me arrastraba bajo el peso de un abismo,
tronco de árbol enraizado,
gaviota empapada de lluvia,
ala salvaje en cielos de plomo.

No. Yo no flotaba.
Suspiro lleno de sólido,
vacío de aire y de brisa y luz
entre los labios de azúcar
entre el cabello ondulante y lejano.

Poeta, 
cómo ser otra cosa.
Qué medio para abolir el mundo y seguir en él
preso del tiempo.

Cerré los párpados.

Me deslumbró una ráfaga
de silencio, y no había nadie.

Y de la nada se desprendió una nada
memorable.

diamante o párpado

Acaso  el preciosismo  en la poesía   dependa  de la joya en la mirada: si es un diamante o un párpado,  es decir, si multiplica u opaca. Te...