domingo, 20 de enero de 2008

Depresión postcurda

El único problema filosófico realmente importante es si la vida merece la pena de ser vivida. Una vez resuelto ése, pueden plantearse los demás, si se sigue vivo.



Esto, más o menos, es lo que dice Albert Camus en el primer párrafo de El mito de Sísifo, la novelita existencialista que lo puso en la órbita del Nobel. Era un crío genial cuando la escribió, después se dedicó a escribir obras maestras como La Peste, o El extranjero, que también son existencialistas, pero útiles. Le mete mil vueltas al jeta de Sartre, que se dedicó a inducir al suicidio a niños y tirarse a tías buenas, cuando era de los tres más feos de la Tierra.



Esto lo digo porque la gente normal no se hace esa pregunta nunca en serio. Unos se suicidan y otros no, pero los que lo hacen lo suelen hacer en momentos de depresión. Y ese gesto no es el típico que se arrepiente uno luego y hace propósito de enmienda. Te suicidas y después estás muerto. Vivir es como dejarse barba. Si no te afeitas, al día siguiente puedes afeitarte o tener barba, pero si te afeitas...



Una norma que debería venir en el libro de instrucciones de la vida es no suicidarse nunca de noche ni con resaca. La noche saca a relucir los monstruos y la resaca deprime. Eso es así, y hasta que me di cuenta los domingos eran un infierno. Pero desde que caí de la burra todos los pensamientos de muerte que me asolan al día siguiente de una curda los achaco a la química, que es exactamente de donde vienen, de la química alterada del cerebro dominguero. Tampoco hay mucho más en ese órgano que sodio y potasio el resto de los días, pero por semana no se suicida nadie. Total, piensa uno, ya me afeito el sábado.

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