(foto: ibotamino)
Esta sensación de otoño
me la dan las hojas de los árboles
que ahora son del suelo,
y algunos charcos secándose al sol del mediodía:
sol lento que me hace ahora acarrear mi abrigo.
Me dan los niños la sensación de otoño,
hablando siempre con franqueza en el camino
de su escuela, con su uniforme y su mochila,
con su peripatética jerarquía.
Y me recuerdo a mí cuando era ellos
como recuerdo las hojas antes, en los árboles.
Así comprendo quién ya no soy,
y quien no volveré ya a ser. De dónde vengo.
No cuándo es hoy. No a dónde voy.
No quién seré cuando haya llovido y llegue el hielo,
cuando haya vivido y vire atrás, nostálgico,
sin distinguir quizá las estaciones.
Siento un hastío fenológico por esta sensación, por este otoño,
por esta ilusión perenne de presente entre el frondoso tiempo caducifolio,
por este sol y por su declinar oblicuo;
y aun sé que al volverse frío el viento
encontraré consuelo en el calor del fardo
de pasado y de futuro que es mi abrigo.






