Joaquinsabiniana.


No negaré que sé
que pasaré
buscándote un cierto tiempo
en cada recoveco familiar
de esta ciudad;
que cada recoveco nuestro
me supondrá un ataque,
un mininfarto,
una pequeña muerte de la vista, una agresión
a la retina,
un súbito desprendimiento de rutina, como en los versos del Sabina, en plan,
al ver Madrid junto a mi hombro en vez de a ti,
sentí
que debería oficiar un funeral por la memoria
de las neuronas muertas en acto de servicio visual...

Porque es verdad, qué coño pinta Madrid aquí,
un displacer agreste, una sorpresa exógena. Madrid sin ti,
como una caña que
saboreándola ahora, de repente, me sabe a fresa,
es la ciudad del fondo
de lo más jondo
de mi tristeza.

¿Sí, puede ser que sí?


Soñé a la chica de mis sueños y eras tú y no eras.
Despierto no sonríes como en sueños, aunque la chica
en el sueño tenía tus ojos verdes, tu traspapelador cuerpo,
tu piel y tu aura magnífica, también tú
puede que tengas oculta, exacta, su misma sonrisa,
puede que pienses las mismas palabras que ella pronuncia...

o puede que mientras me abrazas yo piense que duermo,
que sueño, mientras tu abrazo adormece mis sueños,
que sueño tu abrazo, sueño tu sonrisa, sueño tus palabras
porque han sido un sueño
siempre.
Y ahora eres tú, exacta... pero no, no eres tú, porque no puedes serlo,
porque no sería yo quien te abraza, acostumbrado en la diaria vigilia
a la tácita muerte de los dulces sueños.

Sí, puede ser que sí, que los sueños, a fuerza de hacerse pasar por la diaria vigilia
se mezclan con ella, confunden la mente, harta de mentiras,
y la mente no cree que lo bueno pueda ser la vigilia,
no imagina la suerte de verte fuera de la mente,
fuera de los sueños nocturnos,
afuera, en la habitualmente árida, impredecible y estúpida vida,
que volvería contigo a ser preferida a los mágicos, dulces,
predichos, estúpidos sueños.

Sí, sí; sí, lo reconozco...


Sí, sí; sí, lo reconozco,
no sé sobre qué temas va a versar este poema,
es un literario experimento y éste su prolegómeno,
como cualquier tintero es un intento en potencia.

Comienza "sí",
porque leí una vez que es negativo
comenzar "no",
de todas formas el "no" aparece,
son cosas mías,
al periquete, en la segunda línea;
o verso,
si es que termina siendo esto
poesía.

Además, creo yo
que es mejor
que un poema empiece "no",
que que un poema no
empiece.
No pongamos tanto problema
a la ilusión,
es solo tinta voluntariosa,
y cuando la voluntad es buena
vuela polilla entre mariposas;
problemas (o problemillas)
entre poemas.

Reviso mis armarios


a Euridize

Reviso mis armarios,
mis muebles, mis alfombras;
meticulosamente hurgo
en los desagües,
pongo a la luz mi ropa,
paso la aspiradora,
friego el baño.

Te irás y tus cabellos ignorantes
me seguirán hablando
y cada hallazgo de ellos
será como un destello de la esperanza rota.

No, mi amor...


No te amo como las señales de tráfico,
durante un trecho,
ni como los guardias urbanos, en un cruce,
o en una emergencia.
No te amo como los árboles plantados junto a la carretera.
Como los pájaros
que la cruzan, planeando.
No, mi amor es de asfalto
y está ahí también cuando tú no lo transitas.
Permanece en la tormenta, en la noche,
en el fulgor fundente del cénit,
en el olvido, inocente o no, de los GPS`s.
Y sobre él circulo yo hacia ti,
sin baches, sin lamentar las curvas,
con la paciencia de saberme en el único camino
que se extiende hasta mí desde el futuro.

Veintinueves Eses.



La libertad es un supuesto incuestionable.
I. Kant




Ser un niño es
como ser capitán de tu barco
y surcar con tu proa tu mar,
y tu viento escuchar
cuando hinche tus velas,
ser un niño es
tu niñez navegar.

Y por eso los niños
no precisan timón, rosa de los vientos,
conocer las estrellas
ni trazar una carta de navegación.

Pero llega la edad que desata tormentas
y ni el agua ni el viento obedecen
y los niños aprenden,
con el sol y la sal,
que la vida o se cuida o se pierde,
y que no hay rebeldía como no naufragar.

Para eso los hombres han medido este mundo,
inventaron la brújula, el reloj, el compás,
y aún estudian el cielo, la frecuencia del viento
y un timón bajo el mar determina su rumbo.

Aún así, cuando el mar está en calma
y se ve el horizonte sujetar las estrellas
cuando el viento amaina y la luna está llena
es la infancia en el hombre la que explica el motivo
de haber elegido una dirección.

Ser un hombre es
como ser capitán de tu barco
y surcar con tu proa la mar,
y el viento escuchar
cuando hinche tus velas,
ser un hombre es
tu niñez navegar.

Por qué (de la victoria sobre el morir)


a Euridize


Porque la tristeza es vida y la muerte es la prueba de la vida,
la tristeza es muerte viva y la muerte vida muerta.

Yo
te quiero cerca,
aunque portes la guadaña de mis sueños,
aunque hinches mi hojarasca melancólica para que arda
incontrolada y se convierta
en humo de ira y en ceniza de tristeza.
Porque amo tu presencia
y tu ausencia me vacía,
como sé que el oxígeno me quema
y lo respiro,
que la vida se termina, que el amor
muere muriendo
o matando;
porque he aprendido con el tiempo qué es peor.

Preciosas.


Lo cierto, lamento decirlo,
pero no sería un poeta si callase
o si mintiera, o si ocultara la verdad
detrás de metáforas opacas,
es que te amo y no sé por qué,
y es que estoy reconociendo en tu ausencia
todos los ingredientes de esa magia
que siempre termina por volverse magia negra.

Y el vacío, la soledad, es uno de ellos
y es independiente de tu rostro,
de tu persona, de mis recuerdos.
Es mi vacío el que me duele.

Los poetas deberían ser humanos
y retratarlo todo.

Otro ingrediente son tus tetas.
Pensar en ellas me entristece,
lamento decirlo si molesta, pero es cierto,
y no es menos poético.
Las recuerdo más perfectas aún de lo que eran,
de lo que son, que es peor,
pues existen, todavía, en mi ausencia.
Las he visto algunas veces,
las admiraré siempre.
Una vida entera sintiéndome como si acabaran de robarme la cartera.

Es solo otro ingrediente, pero tan verdadero
como lo es la nostalgia, o la melancolía,
como la soledad, como la primavera
(inservible, selenita) o como el fin
de todo tiempo.

Euridice.


Duerme, y sé que la pierdo entre sus sueños
sé que está ahí, sé que nunca estará más cerca,
que en el futuro nos olvidaremos el uno del otro.
Sin embargo aún la veo y mis ojos no lo admiten,
la toco, y mis manos no lo admiten,
hablo con ella y no admito que cada respuesta es
predicha, automática.
Es mi planeta Solaris,
porque la repetición es muerte,
porque la imitación de la vida
es muerte.
La muerte de lo que creía inmortal se eterniza.
El tiempo camina sin compadecerse.

La defensa es la huida, es el egoísmo,
el olvido, mi amor,
en la despedida.

Dos cuerpos.


Dos cuerpos yacen
separados
sobre un mismo lecho.
Entre ellos, nada más que sábanas
y aire.
Él tiene los ojos abiertos,
ella finge dormir,
a veces, sin hablar,
se ponen de acuerdo
y el sueño cambia de rostro.

Toda la noche se deleita con su compañía
toda la oscuridad con su incandescencia
todo el silencio con sus pensamientos.
El tiempo, sin embargo, no se percata.

Ella llora.


Ella llora sobre mí,

y es como si me lloviera

y aunque vengo del orbayo ya no sé

si llueve o estoy llorando.

Cuatro gotas, pero mojan

como caerse de un barco

por la borda en el Cantábrico,

con la sal, el frío, el desamparo.

Ella llora y yo naufrago.

El tiempo pasa para todos.



A mi hermano Jorge, en su cumpleaños








Él envejece en su burbuja
a la velocidad de un párpado
abriéndose por las mañanas,
a la velocidad de las corolas
amaneciendo, a la velocidad
del aire que no es brisa ni es viento.
Como la miel que cae de una cuchara,
como las estaciones intermedias,
como la lluvia empapa los sombreros,
como el silencio se contagia.
Él envejece en su burbuja y los demás envejecemos.

Tu se' morta

Yo heredé de Apolo y Calíope unos bártulos
y el triste destino de Orfeo:

"...y que solo las ninfas más puras admiren tu arte,
y que sea su fragilidad la tuya, y que sea
su amor el vehículo
de tu perdición."

entre otras lindezas, clamaron las Parcas
en mi alumbramiento.

Y no olvido la inocencia sublime de Eurídice,
(aunque lloro por mí, no la olvido).

Quizá ella no lo merecía, o quizá sí, ése es otro tema,
pero yo la amé en este mundo
y bajé a los infiernos por ella,
y al volver a la vida, el mundo
absurdo y celoso
me cortó la cabeza,
y así voy, sin cabeza
para concebir un futuro
y con el corazón perfundido,
repleto de imágenes, recuerdos,
de futuros truncados,
y silencio.

Dios.


Siempre, al salir del garaje,

recorro unos cuantos metros de más

con el intermitente puesto.

Unos metros en la acera

sonrojados

otros no.

Ellos nunca saben

de antemano (depende de la velocidad,

depende del tráfico)

si serán iluminados. Después

no pienso más en eso en todo el día.

Como aceitunas verdes


Tus palabras son a veces como aceitunas
verdes recién caídas del olivo.
Las veo venir brillantes como una puesta de sol,
entre destellos veraniegos, como de aceite
flotando sobre el agua
de mi lágrima.
Y son tan suaves como un beso
y tan sabrosas como un abrazo.
Pero tus palabras, como las aceitunas verdes
recién caídas del olivo,
tienen su hueso.
Y yo mastico el hueso de tus palabras
inexorablemente
porque me gusta cómo eres,
completa, tú.
Y yo no escupiría un ápice de tus palabras
fuera de mí para olvidarlo
sin comprenderlo,
ni cambiaría el hueso de tus palabras
por otra cosa blanda y salada.
Las veo venir brillantes,
las saboreo, y
las digiero.

Trabalenguas


Carpanta se harta de carpas
debajo de una pancarta
y cuanto más ve la pancarta
más carpas cata Carpanta,
porque en la pancarta hay carpas,
parcas carpas, pero carpas.

Sal.


Al bar La Luna


En la desvencijada playa,
hacia la orilla,
hay estrellas de mar
como imitando el cielo,
y trozos de cristal de las salinas.

Crustáceos, moluscos,
veleros
en los que ir a navegar.

El rancio pueblo costero se zambulle con estilo.
"Está buenísima",
y sonríe
camino del abismo.

No espero menos.


He ido a por la licencia

he ido a por el arma

he ido a por las balas.


Ahora iré

a por vosotros.

...



Una licencia

poética.

La última arma,

la palabra.

Balas de hierba

waltwhitmanianas

en la recámara.

Vosotros,

ahora.

No espero más.


He ido a por la licencia

he ido a por el arma

he ido a por las balas.


Ahora iré

a por vosotros.

Montes do Gozo.


Déjame ver mi nuevo cuerpo,
que la luz de la mañana lo dibuje y lo defina,
que mi nuevo aroma impregne para siempre mi memoria,
que mi nueva piel se palpe y que me reconozca.

Mis nuevos ojos miran: hoy quiero verlos ver
mi nuevo rostro, y aprender de sus manías
nuevos caminos.
Y recorrer mi nueva geografía
desde la atmósfera a los acuíferos.
Bajar de cada monte y de cada colina
y pasear de las llanuras a los valles
y sumergirme en las simas.

Hay en los cuerpos lugares misteriosos
donde confluyen formas sin fronteras.
Quiero explorarlos, hundir cada sentido en su espesura,
iluminar lo lóbrego, empaparme
en cada cauce de mis nuevas correrías.

Saborear mi cuerpo nuevo
y hablar contigo mientras también te saboreas
y a tu sabor le das otro sentido
y a tu latir le doy otro latido.

Desprestigiar la religión de lo remoto,
de lo escondido trazar cartografía,
cada milímetro cuadrado esclarecido
o por tu voz o por la mía.

!Montes do Gozo, horizontes infinitos,
revelaciones solo dichas al oído!

Niña...


Con ese vestido, niña,
me borraste la sonrisa.
Con ese vestido, ese cuerpo
y esos ojos
y cómo te sonreías.

Tú sabías que tenías superpoderes,
que tenías telepatía, aquella tarde,
telequinesis, hipnosis,
preferencia ante los taxis...

Me borraste la sonrisa
porque al acercarte aquella tarde
con ese vestido, niña,
yo notaba tanta carga,
y ese cuerpo
y esos ojos
y cómo te sonreías,
que me sentí responsable
de mi cuerpo, de mis ojos,
de mi vida,
de lo que yo puedo darte,
de si lo cuido bastante,
de si mis besos, mis brazos,
mis palabras
tienen arte.

Mira niña, tú eres arte
y ese vestido es artista.

Y esos ojos.

Y ese cuerpo.

Y cómo te sonreías.

Y por supuesto tú.


Hay una parada de autobús

junto a tu casa

y otra de tren,

y sus correspondientes carreteras,

líneas ferroviarias.

Y hay cafeterías, sucursales

bancarias, tiendas

de toda la vida, colegios,

polideportivos.


Y por supuesto tú.


Desde mi punto de vista

solo tu existencia justifica la existencia

de tu mundo,

aunque probablemente existiría

sin ti:

no para mí.


Y cuando voy en tren hasta tu barrio

soy como un glóbulo rojo transfundido

viajando por vasos sanguíneos sorprendentes.


Soy como un niño que lee a Julio Verne.


Veo el mundo paralelo, las paralelas vidas

de la gente para la que soy un solo rostro extraño

que asimilan sin pensar: una brizna más de hierba.

Para mí, ellos son un universo

nuevo del que solo sé sus leyes

y que tú estás.


Y mi sangre y mi literatura al fin se identifican

con la que yo creía inservible primavera

de la Luna.

Por proustiano que os parezca


Sobre las personas que duermen en mi casa
ocasionalmente, no mucho que decir,
excepto que se parecen.
Quizá son sólo los reflejos
de mi mente lo que veo,
tumbados en mi cama,
como en la novela del tal Lem ,
o más probablemente porque dormidos
sus cuerpos se parecen a carcasas
que insectos en su vuelo decidieron olvidar
y uno no se fija mucho nunca en las carcasas de la gente,
sí, por el contrario, en la infancia,
por su interés científico, se fijó
más en las de los insectos,
y se parecen, como los pisos
sin amueblar.
Las personas que velan en mi casa
no se parecen mucho, por el contrario.
Unos son hombres y otras mujeres,
unos madrugan y otros remolonean.
Algunos pocos quiero por la mañana
que se queden.
Por proustiano que os parezca,
cada vez que abro los ojos y junto a mí
hallo unos párpados cerrados,
una nuca o unos pies,
es quién soy yo
lo que entre el silencio y la penumbra me pregunto.

No es cuestión de color.



Te amo

como las hojas verdes aman

a las verdes ramas.

Como las ramas verdes al negro tronco,

el tronco negro a las raíces

blancas.

Las blancas raíces a la tierra.

Como la tierra al cielo.


No es cuestión de color, es de alimento.


Y tú me miras con esos ojos verdes y sonríes,

y de tus verdes ojos me congratulo, no es cuestión de color.


De tu sonrisa, es de alimento,

me maravillo.


Me maravillo como las hojas verdes se maravillan del azul cielo

el cielo azul del azul

mar, el mar azul de la luna

blanca.

Como la blanca luna se maravilla de la luz blanca

del blanco sol,

que la alumbra

porque la ama.

"Tú"


Digo “tú”
y es
que estoy vivo.
Y lo veo escrito
por mí,
y es
que viví.

Y al decirlo se me llena la boca de palabras.
Todas las palabras que te he dicho,
todas las que te he escuchado
decir. Todas las palabras que te rozan.
Digo “tú”
y digo todas tus palabras.





Leo “tú”
y tengo que decirlo,
que escribirlo.
Tengo que seguir viviendo,
diciendo “tú”,
¡tú!
Pensando en ti
con cada palabra tuya.
Tú eres todo lo que no soy yo
y mucho
de lo que sí.

“Cuando diga “ella” y lea “tú””.
Es la idea que me agrede por las noches,
la idea que me aterra hoy,
cuando aún escribo “tú”
y sé quién eres.
No quién eras
ni soy.
"Ella"
puede serlo cualquiera.
“Tú” solo puedes ser
tú.

La insensatez suprema.

http://www.flickr.com/photos/mapicruz/4681097451/sizes/l/



El amor pasa
y resulta incomprensible en perspectiva:
es lo contrario de la Historia,
hay que vivir en él para entenderlo.




Yo vivo en un lugar absurdo
e imaginario, como la ínsula
Barataria, como Utopía,
como la Atlántida.
Y surgen por doquier los dones
de la naturaleza, sin embargo.
Y sin embargo voy
sonriente por las calles atestadas
de terráqueos.

Compro el pan en el despacho de una geisha,
viajo en metro y los demás viajeros, azorados,
me rehúyen por mi bonhomía.
Pero mi sonrisa está bien justificada
y estoy en mi derecho.
Solo los locos, los borrachos, yo y los niños
decimos la verdad.

No puedo hablar por ellos, pero yo estoy loco
por ti, ebrio de tu armonía
y balbuceo al verte como un recién nacido.
Y cuando estoy solo hablo contigo
¿acaso no me oyes?
y al entornar los ojos te veo sonreírme,
y en medio del silencio de la noche te escucho respirar mi mismo aire
y creo por eso que ha de merecer la pena
caer de lleno en la insensatez suprema del amor.

Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que, sin duda alguna, eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes, iba diciendo en voces altas:

–Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.

Calma.





Algo le hace la ciudad al ánimo
de los millones que la pueblan en verano
porque en la noche el silencio es uniforme
como la oscuridad, como si un pacto
rigiera la relación entre los ojos y las voces.


Se oculta en la profundidad de las personas
un grado más en el espíritu gregario,
diríase que la naturaleza al moldearnos
previó la formación de las ciudades.


Como adolescentes que comparten dormitorio
fuera de casa, y tras la última palabra
se conceden un silencio penumbroso
preparatorio de aquel sueño que aún lo repara todo,
en la ciudad hay una hora en la que cesa la batalla.


Tras las ventanas abiertas a la noche que respiran
como estomas luminosos en la sombra de las plantas
veo a anónimas personas preparando su descanso:
flores que se cierran, aves silenciosas ya en sus nidos,
peces que retroceden y se ocultan en marañas coralinas.

Es domingo, acaba el día, termina la semana.






Tú no lo sabes, pero pienso en ti a esta hora,
cuando la noche acalla el zumbido de la calle,
cuando la multitud yace solidificada y duerme
en manada de diurnos animales.

De este domingo importa solo el lunes, ya.
Su inexorable fin y su futuro,
pero es ahora cuando al cerrar los párpados te visualizo,
y al recordarte, entre millones de silencios
que descarto, estoy seguro de escuchar como un hallazgo,
como una veta de mineral precioso, aisladamente,
la calidad acuática del tuyo.

Los años sin erre.


Cuando yo era feliz

era más agradable

para todos.


Para mí el primero,

pero también para ella

y para ellos.

Ahora todo es aburrido y cuesta arriba.

Todo es verano o invierno,

Madrid o Barça,

grande o pequeño.

Todo estupidez o chulería.

Muerte o esto.

A mí ya no me traga casi nadie

y no les culpo,

yo no les echaré de menos.

Mis amigos demostraron ser unos pusilánimes

y yo un llorón molesto.


Pero me llama la atención que a ella

nadie le pida cuentas.

Todo el mundo da por hecho que aquél que dejó es éste,

pero no. Yo antes era alegre

y risueño. Contaba

las mejores anécdotas.

Nunca he dejado tirado a un amigo

un sábado.

Ni un lunes, ni un martes, ni un miércoles,

ni un jueves, ni un viernes;

algún domingo sí, nadie es perfecto.

Yo antes sabía escuchar, la gente

me pedía consejo.

Recuerdo que al llegar la Primavera

quería llorar de alegría

y que me contenía, y que a ella

la cubría de besos.


Antes había Primaveras y Otoños

y en los meses con erre

sidras, gamoneu y centollo.


Ella me dejó con los huevos rotos,

y eso es más desagradable para todos.


Para mí el primero,

también para ellos,

pero, de entre ellos,

el primero yo.


Para ella, que con mis besos se llevó mi primavera

y con mis lágrimas mi otoño,

ahora

ya no.

Interacción nuclear (fuerte).


Hay tanto amor en cada átomo de amor
como en el universo entero.
Porque el amor no existe a gran escala
-se ve en los telediarios-
y sin embargo, de uno en uno, todos
nos enamoramos.
Es como un virus, pero más pequeño.

El amor es una fuerza,
una norma, algo nouménico.
Yo no creo en los gluones,
o mejor dicho, no me los tomo en serio.
(Tampoco a los midiclorianos.)
Pero a la materia sólida, sea como sea,
sí me la creo, y me creo a las parejas
sólidas, sean como sean,
y me las tomo en serio.

El amor que haya entre ellos no me afecta,
es como la interacción fuerte,
que a distancia es como si no existiera.

Pero existe. Nouménicamente al menos.
Como los gluones, como los midiclorianos.
Como los fotones,
aunque el electromagnetismo es otro tema.

Y si no, ¿por qué en Ginebra
han instalado una máquina
para romper corazones en millones
de pedazos?

Te quiero.


Pienso yo y digo tú.

Mar de amor amor de mar.



A Rafael Alberti, lógicamente.

Mar de amor.
Por lo insondable,
por lo bello, lo salvaje,
por las bestias abisales.

Mar de amor por lo innegable,
por lo tenaz, por lo fiero
por su brutal oleaje.

Mar de caudales de ríos
que confluyen.
Mar de males de miradas
revisadas.

Mar de sal, que reflota los navíos.

Mar de sal, que reflota los navíos.

Mar de lágrimas perdidas
recobradas en el mar.
Mar de lágrimas pasadas
que vuelven a estar por llorar.

Mar de amor amor de mar.

Mar de amor
amor de mar.

Mar mortal que solo mata
si yo muero amor mortal
que solo muere
si muero.

Mar de amor
amor de mar.

Yo te quisiera amar
como esos marineros
que cuando tocan el puerto
no quieren desembarcar
porque les basta con verlo
y navegar.

Yo te quisiera amar
como esos marineros...
mar de amor
amor de mar.

Tururú.


Hoy voy a darme a la bebida
en casa, solo.
Sin explicarle a nadie mis motivos.
Acaso porque no tengo motivos,
acaso porque no son confesables,
acaso porque no tengo a nadie
más a mano a quien darme que me dé
algo de vida,
aunque con be.

Alcohol, maldito líquido,
hoy seré tuyo por una vez,
de nadie más.
Tú serás mío.
Compartirás mi sueño, me engañarás.
Y esperarás a mañana
para decirme la verdad.

Alivio de pie quebrado.


El mar ahoga la risa
y la noche la sonrisa.

Yo nado en la oscuridad,
entre el oleaje negro
de los sueños.
Me guío por el oído,
busco el lugar
en el que rompen las sábanas,
y ahí despierto.

El mar ahoga la risa
y la noche la sonrisa.

Negra noche al despertar
y un silencio inconcebible
al comparar
con la furia del rüido,
el fragor
horrible de pesadilla
de que vengo.

El mar ahoga la risa
y la noche la sonrisa.

Una vez de cada mil
me parece que descanso,
sueño contigo;
por la mañana te has ido
caminando,
mientras yo sigo nadando
de oído.

El mar ahoga la risa
y la noche la sonrisa.

Tengo los ojos cerrados
Y sueño que no respiro,
Que no hay oxígeno,
Pero sé que es solo un sueño y
al despertar
y ver dónde acaba el mar
lloro y me río.

El mar ahoga la risa
y la noche la sonrisa.

Éramos niños.




Éramos niños,
yo el más pequeño,
y en aquel pueblo no había nada que hacer.
Buscando amigos encontré a otros
guajes aburridos
que buscaban una víctima.
Hubiera sido un gato, de no ser yo.

Solo recuerdo un haz de luz cayendo
desde una lupa en mi pulgar,
y el dolor inesperado -era pequeño-
y una risa.
Ni antes ni después.

Apenas nada,
aunque aún se ve una cicatriz,
como en un libro que duerme hace cien años,
velando, asoma un marcapáginas.

Deliciosos cuando están en calma.


Los hijos ajenos son como aire:

deliciosos cuando están en calma,

cuando están en movimiento, insoportables.

Y por doquier.

¿Y quién sopla un día de viento?

Los propios serían iguales,

puesto que no soy distinto.

Aunque en esto me distingo:

yo no los quiero tener.



Cosas que hace cualquiera:

jugar al yoyó, huevos fritos,

manejar unas tijeras,

tener hijos.

Requiebro español.


Podría vivir sin tu sonrisa,
como he hecho cada día.
Nací de noche, también creía
que se podía vivir sin el Sol.

Atardeceres rojos I.

http://www.flickr.com/photos/ibotamino/4298062763/in/photostream


No sé qué tengo en contra de la luz
naranja del crepúsculo mal entendido.
Me causa un hastío como si fuera yo el día que se termina,
que alumbra
como las bombillas antiguas, emulándolas,
para fastidiar.

Un trago de oro fundido, me parecen a mí los atardeceres,
por la garganta.

Cuando esté la noche que se quite el día, que solo se salva
por la mañana.

Touché, pero...


http://soytanidiotaquesoypoeta.blogspot.com/2008/10/pathos.html
Eva dijo...

Y junto a él, paradójicos (adjetivo plural)
tan sordos como los hombres,
como el albaricoquero cómplice,
e inermes, (sustantivo plural [o eso debería venir ahora]), su guarnición de orejones.

Soytanidiotaquesoypoeta dijo...

touché





Son
paradógicos,
los orejones,
e inermes.

Los orejones son paradógicos
como el albaricoquero cómplice.

No oyen, siendo orejones,
siendo orejones no son,
tampoco,
las orejas de Oregón.

Y es más, son cómplices, ellos, individuales
como son dulces, o bellos,
o naranjas, uno a uno,
como las puestas de sol,
que son bellas aunque son
individuales:
una a una cada tarde.

Porque no es cómplice
la guarnición
como si fuese cualquiera
cómplice
la que urdiese el peripato
de una argentina bandeja
ya fuera aquélla de arroz,
o de patatas, o almejas.
Que aunque también fuera inerme
no sería cómplice
ni paradógico su silencio,
su inacción,
por no tratarse de orejas.
Porque las orejas oyen, pero no los orejones.
Y menos las guarniciones
o el estado de Oregón.

Otro tema.
Es bastante paradógico
ser inerme y llamarse guarniciones,
aunque yo me refería a una oreja
y a una oreja, y a una oreja...
como a las briznas de hierba
que son prado
aunque ninguna lo sea por separado
(o a los tréboles).

Cómplices
como el albaricoquero que no rompe su silencio.
Porque el silencio se rompe
y el que lo rompe es culpable de romperlo
ya sea un hombre
el que habla,
o una almeja, o una patata.
Y los que callan, los cómplices,
son el resto.

Como las letras son cómplices
al formar una palabra,
porque conspiran y hablan;
no como el albaricoquero, no
como las almejas, el arroz
y las patatas.
No como los orejones
que son los más paradógicos
¡pues no oyen!
ya formen un kilo, un metro,
media docena,
la guarnición de un magret, o
un poema.

Fases del shock.


Me imagino a los poemas entrando por la puerta
del blog,
cada vez más pequeños,
como las personas que llegan al planeta,
más insignificantes, en relación
al todo,
aunque uno solo siempre me contenga.

Me imagino a alguien que lee por primera vez
"Soytanidiotaquesoypoeta"
y cree haber hallado algo moderno,
diferente,
y lo revisa de cabo a rabo
y es deslumbrado por sus ciclópeas
proporciones
(hablo, por ejemplo, del año 2030),
pero al pasar un rato,
que puede ser un año o dos,
no digo yo que no,
ya me conoce tanto que se aburre,
como quien mira el mar
y percibe sus corrientes,
su patrón rítmico en el olear,
su infinitud azul
y su salinidad onírica, afín
a la salinidad del líquido
que olea en sus pupilas
y las lubrica,
sean o no azules éstas
y estén o no clavadas
en algún sitio.

Yo creo que si supiésemos, al improviso,
que el mar lo causa un buceador desconsolado,
fases del shock serían la sorpresa,
la crítica,
el olvido.

¡Oh, la pereza de escribir siempre uno el mismo!

Chateau Latour.


No siempre todo es como siempre,
las cosas cambian sin cambiar.
La luz es otra, las manillas
del reloj dibujan otro ceño
hoy está lloviendo y ayer no.
Y tú no entiendes nada
porque vienes de entenderlo todo,
o ahora, quizá, es la primera vez
que me comprendes.
Tus ojos por primera vez son verdes
para mí, ayer era de noche
cuando te conocí.
Amor y odio se solapan.
Solo se besa el odio en el otro,
para no verlo,
y sabe a néctar hasta que amarga
como un Chateau Latour
al sol.

Un unicornio
puede llegar a convertirse
en un incordio.

Nana a la niña Sara.

Amanece

Por la mañana el sol saluda:
hola Sara, ya he salido
de la cama,
buenos días,

y mientras, se duerme la luna.

Anochece

La luna sale de noche
cuando el sol se va a dormir
por eso Sara se abriga
entre las sábanas,

porque la luna es más fría.

Luna llena, luna mengua, luna crece


Cuando la luna te mira,
Sara, es redonda y clara
pero cuando no te mira
casi no se ve su cara

porque se ve su perfil.

Luna nueva

Y en las noches más oscuras
hasta la luna se duerme.
Duerme Sara, duerme el sol
hasta mañana.

(Amanece)

De llover y parar

¿ Este día va a ser como ayer? ¿De llover y parar, parar y llover?