Plantas y peces III.


El cielo decidió llover
a la vez que una señora
entraba en la peluquería,
un patán se dirigía
hacia un túnel de lavado
con su coche amarillo
después de haberle gritado
a su novia, una niña,
sin motivo.

El momento en que una chica
estrenaba unas sandalias
y un anciano
se olvidaba del paraguas
en un bar
después de desayunar.

Cuando el cielo lo decide
la lluvia es cuestión de tiempo,
¡ay del suelo! si el cielo
tuviera que preguntar.

The cue ball.




A veces, cuando salgo los sábados de noche
las calles de Madrid me recuerdan
al verde tapete de las mesas de pool.
Las chicas y los tíos son como las bolas de colores
rebotando unas con otras.
El whisky anima la partida y se puede decir que me divierto.
Pero el pool no tiene la nobleza ni el retruque
del billar de carambolas
(ni siquiera del snooker,
aunque ése sea otro tema)
y las bolas van entrando en las troneras.
En un taxi, un extraño me conduce a mi agujero al final de la partida.
Los domingos mi cabeza aún resuena de blues
y he manchado mis sábanas blancas de tiza.

Vergüenza.

Mi vergüenza es tan grande como mi cuerpo,
pero aunque tuviese el tamaño de la tierra

no podría volver y despegar

el cable de aquel vientre, ni enviar

la carta del soldado.


Antonio Gamoneda





Mi hermano no quería ir si yo no iba,
una sola bicicleta para dos, era la infancia,
y yo prefería ir solo.
No siempre sucedió así, supongo,
pero es lo que recuerdo
de aquella época maldita
que solo puedo ver como a través
de unos cristales.
Así que sé que él,
dos veces, por lo menos,
se quedó en casa
y yo me fui a pasear en bicicleta.
Yo le decía "vete tú, si quieres,
pero entonces yo no voy,
ya iré otro día".
¡Pero él no quería ir si yo no iba
y yo prefería ir solo!

Yo quería a mi hermano más que a nadie
y le dejé tirado en casa
mientras sentía, pedaleando,
la nueva libertad,
la soledad,
que hoy es mi hermana.

Me siento miserable al recordarlo
aunque quizá mi hermano no se acuerde,
pero fue así, y mientras yo sea yo así habrá sido,
y mientras haya sido así habré sido miserable.

Soy tan idiota...



Soy tan idiota que soy poeta.
Salgo a la calle a compartir el aire
con los demás. A aprovechar la luz
que se refleja en los lugares
de los que brotan
las palabras.
A refractar aún más la luz
ya refractada.

Reloj de sol,
tú, mientras tanto
solo das sombra.

Soy tan idiota que soy músico.
Oigo el compás de los oscuros corazones
y deconstruyo la armonía secreta de la risa,
trato de asirla y así reírme yo también.
Toco mi música sin saber quién
está a la escucha.

Anda un tic-tac sonando,
mientras tanto, tan uniforme
como el silencio.

Soy tan idiota que soy filósofo.
Hablo de mí con hombres idos,
me busco a mí entre los átomos de las ideas.
Entre los tomos oceánicos persigo un salvavidas
y mientras tanto huyo de la abisal llanura
que me subyace,
alfombrada de clepsidras,
cronometrando el mar,
nadando.

Soy tan idiota que sigo vivo
mientras tanto.

Así es la noche.




Las uñas de animales inexistentes arrancan nuestros ojos en los sueños.

Así es la noche.

Antonio Gamoneda.



Yo sueño con la oscuridad
y con el vacío
y al amanecer el aire quema,
así sé que todo ha concluido.
No desayuno hasta bien llegado al día,
cuando mis mandíbulas maltrechas
de masticar la noche me lo permiten.
Y al declinar el sol
cierro los ojos a las estrellas y a la luna,
y aprieto los dientes,
como quien espera una descarga eléctrica.

Plantas y peces.


Plantas y peces
viven
en nuestro planeta sin saberlo.
Plantas y peces
nacen y crecen
peces nadan, plantas
florecen,
sin saberlo.
Sobre la tierra
respiran los animales
salvajes, sin saber nada,
como las plantas
como los peces.
En el aire, aves.
Nadie sabe, excepto
nosotros, sapiens.
Nosotros sabemos.
Nacemos, crecemos
sabiendo.
Morimos sabiendo.
La tierra gira
eternamente
sin saber.
La hierba no sabe
que es verde.
¿Qué será lo que nosotros no sabemos?

Plantas y peces.


La luz sabe
dónde tiene que venir,
no nos pregunta,
viene en plena noche,
mientras la mayoría de nosotros duerme.

Si no fuera por la sabiduría
intrínseca de la luz,
qué sería de nosotros,
cómo haríamos que viniese.
La mayoría dormiría para siempre.

Un minuto de silencio.


Las ideas está húmedas
y dejan rastro.
Su rastro húmedo atrapa, como polvo, tonterías,
malinterpretaciones.
Con el tiempo esas retahilas
parecen frases
hechas
por nadie,
ready-mades
estúpidos, conformados por residuos de lenguaje.

En cuanto a su sonido
son ondas estacionarias.
Nadie las elabora,
pero no cesan,
todo el mundo ha de oírlas cada día.

Después de años son parte de la cultura,
de nuestras tradiciones,
nos definen más que muchas de las otras frases,
las que se piensan antes de decirlas,
y es por eso que
yo pido un ruido blanco
que lo supere todo
o un silencio unánime
prolongado unos segundos.
Pido que cesen los periódicos,
las radios.
Pido que la tele calle,
que dejen de gritarse los anuncios.
Pido un minuto de silencio por las ideas
originales.
Un minuto es suficiente para que todo cambie.

Cola de león.


Hay, seguramente,
alguna sustancia emocional
que mi cuerpo segrega al verte,
que me hace sentir las manos
como manojos de nervios
saliendo por mis muñecas,
como al despertar, cuando no tienes fuerza
porque solo es la hora de las caricias.

Hay, mientras ya estoy hablándote,
algo en mi sangre diferente.
Digo cosas que no pienso,
como si le hablase a una chica,
aunque con las chicas no miento y
quiero quedarme,
y contigo miento para irme.

Debes de creer que soy idiota y lo soy,
en tu presencia,
porque es difícil pensar en ti
como yo pienso, con esta intensidad,
y hacer otra cosa, la que sea,
respirar...

Es una respuesta orgánica
parecida al terror paralizante de los ratones ante las aves rapaces,
pero como si los ratones tuvieran, para salvarse,
que moverse con estilo, o decir alguna cosa inteligente.

Además, al ver tus alas me siento ridículo
con mis incisivos
y mis avellanas.

Eso me ayuda, así no percibes en mí
ninguna amenaza y me dejas ir.
Cómo te gusta sentir tu pistola y tu placa
sobre tu uniforme de ángel,
cómo os va el plumaje.

GNRgrette Rien


No
(sé)
rían de mí.
No. Yo no comprendo nada.
No compré el pan.
No rían de mí,
no rían de rien.
¡No, yo no compré el pan!

Cámara lenta.


La nieve cayendo sobre el cristal en ángulo
de una ventana en un techo abuhardillado
es como el tiempo de los árboles, da la impresión
de que la vida es eterna, de que los niños nunca crecerán,
los mayores estarán ahí para siempre.
Raro es el día en que después de nevar no llueve.

...y tal.





San Valentín, y tal.
Y los jóvenes besándose en la calle
como los enamorados se supone
que deben
besarse.
Una profusión absurda de futuras mustias flores,
y bombones, que otro día
se aliarían
con pulsiones anoréxicas,
bulímicas.
Sin embargo hoy todo se permite.
Volveremos a juzgar a Julia Roberts
como a la cenicienta moderna,
mientras que las postmodernas
pasean arriba y abajo,
abajo y arriba,
por Montera.
Entre SIDA, hongos, chulos;
junto a otros desgraciados.
Tal vez Richard Gere se presente esta tarde
con sus veinte euros
y su chulería.
Cariño,
feliz día
de los enamorados.

Tras cada párpado en el metro


Late una historia oculta
-tras el telón del pelo, sobre los leves párpados
contorneando el mar, el cielo,
como las flores de la lavándula-
en el metro: la mirada.

En qué momento entró la niña no lo sé,
los ojos por el suelo,
no lee un libro ni escucha música,
no ve ni mira nada;
habita mientras viaja en un secreto
-quizá su vida entera-
invisibilizada.

Escruto la carcasa de sus sueños
y los intuyo árabes,
desérticos.
Un paraíso de silencio y soledad
donde cada sonido pudiera ser una palabra.

El metro
es una máquina del tiempo,
un subterfugio para estar en otro lado
y mientras dura el lapso negro de la apnea
cada persona es una cápsula de exuberancia.

Ojos que no ven...



Te amaba tanto...
y ya te dije adiós con la mirada.
Tú no me viste,
no todas las historias son tan tristes.

Como por descuido


Este blog
es el cajón de mi escritorio
abierto
como por descuido.
Lo que no significa que no debas sonrojarte si te pillo
con tus mudas manos dentro,
o que puedas enmendar tú
ni un solo verso,
o que yo me haga responsable
de una sola palabra, ni ninguna
tenga derecho a considerarse
última, definitiva.

Como las que se esparcen por la vida.

Como cada le odio, como cada te quiero,
como cada te veré pronto,
vete a la mierda,
te llamo luego.

Puede que solo
se pueda comparar
cada poema del blog
con cuando te dan un beso, una caricia,
la hora, una ostia
imprevista...

Ojalá os pilléis los dedos.

Como dos enamorados interrumpiendo un beso.


Ni ahíto ni embriagado,
dejo de leer.
Como dos enamorados interrumpiendo un beso.
Pues la felicidad no existe si no es
yendo o viniendo.

¡Ay! Haití.


CRISTÓBAL MANUEL / EL PAÍS | 05-02-2010



¡Ay! Haití,
ay de tí.
Tiemblas Haití, paraíso,
como se tiembla de frío,
para tí el escenario
no podría ser más sombrío.
Ay de tí,
cuando pase
otra cosa en otro sitio.

Donatello au milieu des fauves


Guardo un rincón a la poesía
en cada tramo final de mis cuadernos
de la cuaderna vía.

En esas pocas páginas escribo a mano alzada
ideas escogidas, responsabilizadas
por sus predecesoras, cuya pesada carga
debe asentarse en ellas como si fuese su asa.

¿Qué poema podrá rivalizar con los teoremas?

Por eso temo fracasar y tantas veces no comienzo.
Cada palabra ha de ser digna de la que la precede,
y la primera letra siempre será perfecta
por inocente.

Hay un espacio en el que nunca escribo, por lo tanto,
el último, la última página, tan blanca,
se queda siempre en blanco.

El amor es lo contrario de la Historia.


El amor pasa
y resulta incomprensible en perspectiva:
es lo contrario de la Historia,
hay que vivir en él para entenderlo.

Cuando uno ve qué cosas hizo en otra época
las analiza
descontando el sentimiento o, aún peor,
sustituyéndolo.

Ve a otra persona,
cree que ha cambiado para mejor,
por no ser ya él (yo)
enamorado.

Pero aún así quisiera que volviese el amor
para actuar de otra manera,
para actuar mejor, a la luz nueva de la razón
que ha recobrado;
contrasentido claro,
pues donde hay amor (pasión)
la razón está suspensa:
no puede haber amor pensado
a no ser como recuerdo
y es un recuerdo vago, sobre algo extraño,
incomprensible y pasajero, aunque real,
porque sorprende.

Posiblemente sea ese descuento
al fin lo único veraz de todo,
quizá tan real como la gravitación entre los cuerpos,
o, entre cada momento erradicado,
tan cierto como el tiempo.

Perspectiva.


Para entender un mundo lleno de hombres
que pisotean la Tierra con sus zapatos
(la ingratitud les calza
desde por la mañana
y su mayor orgullo
es ser humanos)
habría que ser marciano.

Las Diez.


Son las diez
por mi reló.
Por mi lo serían hace tiempo.
Por mí mi reló estaría quieto.
Soy tan idiota
que soy poeta.
Lo siento.

Tu ley.


A veces me da por oír baladas antiguas
de las que hablan de lluvia, de amor,
de antiguas caricias, a veces
parece que en mis ojos hay tierra
y hay agua y huele a tormenta
por venir y vayan a abrirse en mis ojos
tiernas margaritas.

A veces me parece que soy un romántico
y que nada de lo que puedo decir
te merece.

Entonces guardo silencio
como si solo sirviera el lenguaje
del trueno, del rayo de luz
hendiendo las nubes,
el rocío sobre pétalos blancos,
el susurrar de la nieve.


eres por derecho una palabra
como primavera y como otoño.
Como futuro y como horizonte,
como vida y como lágrima,
como amor en la voz de un poeta.

Eres la naturaleza resumida en una mirada,
en un instante esquivo de comprensión
que da paso a la búsqueda eterna.

Quiero reconstruir mi mente de tal forma
que pueda volver a contenerte,
quiero hacer inteligible el mundo
a través de ti, saber quién soy yo
siendo tú.

Quiero ser tu sonrisa,
tus ojos, tu ley,
las huellas que dejas, el aire que mueves,
la luz que enajenas con tu silueta.

Que al hablarte mi voz me sorprenda.

Que para mí tu nombre, en ese momento,
no sepa a muerte.

Haití


La tierra enterró a los vivos.
Los vivos los desentierran
para volver a enterrarlos
ya muertos en otro sitio
y con lágrimas los riegan,
y luego volverán los blancos
a pastar en esa hierba.

de tiempo y de lana verde


Mi madre teje su tiempo
entre hebras de lana verde:
está tejiendo una chaqueta
y mientras, su tiempo mengua.

Y mientras su tiempo mengua
yo la veo teje que teje
y ya está hecha la chaqueta
de tiempo y de lana verde.

Y pienso mientras la veo
que la chaqueta es de tiempo
y la lana lo sujeta

y es el tiempo de mi madre
que tejío,
para que yo no tuviera

frío en su ausencia.

Mi madre teje que teje
mientras yo
tiembla que tiembla.

Y cuanto más tiemblo más teje.
Y cuanto más teje más tiemblo.

Pienso en mi palabra y la comparo con lo que no sé decir
de tu recuerdo.
A simple vista parece tan absurdo pronunciarla como alumbrar
un aeropuerto con una sola luz.
Sin embargo, sin decirla,
el amor y los recuerdos nunca han sido,
son la música fuera del tiempo
tocada en el vacío;
son la velocidad
respecto a nada.
¡Oh, palabra! Queda dicha
como una estrella silenciosa entre millones
refiriendo brevemente el rumbo
de su constelación,
o como una baliza,
señalando apenas, sin iluminar, las pistas
negras
en las que aviones húmedos de lluvia,
entre su estruendo aterrizan.

Plenilunio.


Camino nocturno y es de noche.
Me imagino el asfalto, como empapado
de petróleo, aunque es solo el agua,
que está falta de luz.
Charcos, coches, asfalto.
Semáforos.
La brisa negra,
ruido lejano del tráfico,
el peligro de las calles agazapadas,
las sombras misteriosas
típicas, de las películas.
En cualquier momento la muerte podría volver
y verme aquí,
como si fuera éste su hábitat
y yo estuviese revisando sus cajones sin su permiso,
como si los lectores de este poema la vieran subiendo
por la escalera mientras me ven a mí,
zarandeando su escritorio, a la luz de un flexo,
forzando la cerradura con mi abrecartas;
como si pudieran avisarme
de que la muerte viene, de que me escape
por la escalera de incendios.
Por la mañana todo es distinto,
pero ya es tarde, mi mala suerte ha salido en el periódico.
Dicen que no sentí nada, pero sí,
siempre se siente un último escalofrío:
“Aparece muerta una chica, violada
a la luz de la luna.”

Graciela en el salón de su casa.



Graciela fuma en el salón de su casa:
tiene goteras.
Escucha su gotear, mientras lía
otro cigarrillo.
En la calle llueve, y antes ha nevado.
Aún se ve blanca la terraza de su vecino,
sobre su techo. Es ya de noche.
Se echa a llorar sin hacer ruido,
como si las lágrimas se filtraran
atravesando sus mejillas,
sigue fumando, mira
por la ventana:
tras los cristales la calle
y reflejándose en ellos su cara.
Tras el reflejo, reflejándose,
su alma.

Una metafísica de la existencia.



La tierra no pertenece a nadie
salvo al viento
y el viento le pertenece a ella.
La tierra vuela envuelta en viento
por el vacío desierto del universo.
El universo es ella
y al volar
tiembla
y hace temblar la niebla.
Y la niebla le habla al viento.
Y así se genera el tiempo, y la tierra le pertenece
al viento desde su nacimiento hasta la muerte,
que es la niebla
que aquieta el tiempo.

Sueño que amo que quiero que vuelvo


Sueño que amo que quiero que vuelvo,
que vuelvo a quererte,
que quiero amarte,
que amo volverte
a querer, y que vuelvo
a verte por primera vez.
Y que vuelvo a amarte
por primera vez.
Y que vuelves a amarme por primera vez.
Y que por primera vez
vuelves a besarme,
a cogerme la mano
me acaricias y vuelves
a acariciarme, a besarme,
a verme de cerca
por primera vez
y a amarme.
Y amas como me amaste la primera vez
porque es la primera
y sueño que siempre será la primera
como si fuera la primera vez que soñé,
que era un sueño y estaba despierto, y por eso
sé ahora que este sueño no es
la vez que despierto lo sueño,
y porque lo sé sé también que no es
la vez que te quiero despierto,
porque sé cómo era quererte
por primera vez, y besarte
y que tú me quisieras
y acariciarme y volverme a
acariciar
y me amases, cogerte la mano
despierto, y verte de cerca
sin reconocerte,
y sé que fue un sueño
soñado despierto una vez,
la primera, y que quiero soñarlo
una y otra vez, y que sueño que amo,
que quiero que vuelvo
despierto en sueños.

Al tun tun


Quisiera ser como tú,
un pez azul
navegando sin saber adónde, bajo las olas,
pero con un rumbo fijo
instintivo.
Con un futuro revelado en el momento,
sin pasado.
Un pez azul navegando ahora,
bajo las olas.

Facebook.


Facebook es un griterío de otro tiempo,
cuando las viejas iban de luto,
cuando había aire puro
y olor a olla en la escalera.
Cuando yo era pequeño
y solo me interesaba lo mío
y me aburría oyendo hablar a los adultos
de otros adultos.
Facebook es el cotilleo eterno sin testigos,
la maledicencia de pensamiento.
El cinismo en fotografía,
el presente archivado para siempre
junto al presente de otro sitio,
de otro momento,
como si fueran continuos,
como si Facebook supiera lo que somos
y estuviera escrito desde antes,
como si Facebook fuera el destino
y el estúpido estuviera abocado a escribir estupideces
casi siempre.

Y aún así nadie cambia,
nadie relee el pasado ni siquiera ahora,
que está escrito.
Nadie reconoce haber escrito una bobada.
Nadie llama bobo a nadie, en el Facebook
cara a cara,
todavía.
Todavía somos amigos.
Fulanito y tú ahora sois amigos,
dice Facebook.
Yo, a Fulanito,
si me lo cruzo en la calle no le saludo.
Quizá porque no le reconozco si le veo,
quizá porque no sé qué decirle del pésame que le debo,
de aquel libro que le presté y que no me devolvió,
aunque no estoy muy seguro si era él el que no lo había leído
o era yo, y entonces el libro es suyo;
quizá porque solo le conozco de una noche
y hasta que lo vi en Facebook no recordé su nombre
y ahora sé sus apellidos,
y sé que tiene una hermana y unos amigos extranjeros
y que habla el alemán
mejor que yo, por lo menos,
porque solo entiendo esas estúpidas carcajadas
que la gente escribe en todos los idiomas,
para que se note que no hablan en serio,
por si acaso, para que no le moleste nada a nadie,
porque nadie dice nunca nada en serio,
en el Facebook, y empiezo a pensar que en ningún lado.
La gente parece querer pasar de largo de todo,
sin mirar atrás, pero que exista eso que no miramos.
Facebook.
Jaajajajaj...

Te he buscado...


te he buscado en google y no sales
¿cómo es posible?
Muy fácil.
Google no existe.

Mucho demiurgo.


Yo hago nevar.
Miro por la ventana cuando nieva
y nieva más.
Veo un partido de fútbol
y ganan los que yo quiera.
Hago llover,
hago hacer frío,
hago que salga el sol de entre las nubes
haciendo soplar el viento.
Hago crecer la hierba, caer la miel
de la cuchara.
Hice que me quisieras
y después que me odiaras.

En mi opinión.



En mi opinión,
el amor es una mierda.
En mi opinión tú me has dejado
por otro que en mi opinión
es un hijodeputa sin corazón.

Todo esto ha sucedido en mi opinión.

En mi opinión, en la que el amor es una mierda,
tú eres una mujer única,
tú conoces mi intimidad mejor que nadie
y no te gusta.
Te has ido con otro,
en mi opinión,
porque te parecía más fuerte.
En mi opinión tú opinas eso de él,
y en mi opinión lo es
pues no te ama y el amor
nos hace débiles,
en mi opinión.
Tú le amas a él, en mi opinión,
porque eres como una niña impresionable,
como la niña a la que yo impresionaba,
sin amarla tanto como ahora,
cuando mi fortaleza era más aparente.
Y en mi opinión es vergonzoso que me dejes.
Te degrada como persona,
en mi opinión,
y en mi opinión te odio por idiota.
En mi opinión todo el mundo se equivoca
excepto yo, y es obvio, en mi opinión,
que tú estás equivocada.
Que ese galán de cuento que ves en él pasará,
y lo que quedará de él
no será más que yo,
que lo que de mí queda después de ti,
que te he amado, en mi opinión,
más que nadie te amará
y te seguiré amando, en mi opinión, eternamente.
En mi opinión sufro el dolor más intenso de la Historia
del dolor, porque mi amor fue mayor que ningún otro,
y, en mi opinión, la Historia Humana
se queda corta como elemento de comparación.
En mi opinión mi vida se ha acabado
y el hecho de que el Sol
haya salido también hoy por la mañana
es una falta de respeto hacia mí
y una muestra más de que no le importo a nadie.
En mi opinión el Universo no sabe lo que hace al ignorarme.
En mi opinión es un traidor y que se joda.
Voy a acostarme.
Y mañana al levantarme me mataré, me parece.

Fotones en ayunas.


Yo propago el virus de la gripe
indiscriminadamente.
Yo tropiezo en el metro con la gente.

Cuando la hora punta nos vuelve partículas
dejamos de comportarnos bien,
y nuestra trayectoria se vuelve predecible.

Cada mañana un simulacro de estampida,
la humanidad dormida fluye y
se hace líquida.

Unos leen, otros
escuchan música,
otros estornudan:
todos se creen náufragos
en el oleaje injusto de la vida.

Mundo simio.


De pronto imagino
que mi habitación
es una nave espacial,
o una máquina del tiempo,
y yo soy su capitán
y su grumete,
y viajo hacia el futuro aislado,
y mi única preocupación es mi salud
porque soy el único superviviente
de mi especie.
Estoy solo,
como cuando encendía una linterna bajo las sábanas
de mi cama de niño,
solo que ahora las sábanas
lo cubren todo.

Tengo la tentación de oír música,
como los astronautas desesperados
de las películas 2001, o El Planeta de los Simios,
pero para mí la cultura ya no significa nada,
ya no tendré con quien compartirla
- quizá por eso el sonido no se toma la molestia de viajar por el vacío -
no puedo evitar escuchar la música como si fuera un obsequio
de otra civilización ajena,
como si hubiera interceptado una sonda Pioneer
y descifrase solo sus números.
Recuerdo a Charlton Heston grabando su mensaje
mientras sus compañeros yacen hibernados,
y su sonrisa cínica,
y me invade esa misma sensación de soledad,
aun sabiendo que estoy en la Tierra,
acompañado por miles de millones de organismos
vivos.
Y saber que yo no soy distinto a ellos
me convierte en una parcela (no edificable) más
del infinito.

Ayer Maradona, hoy Rubalcaba.




Su padre no lo reconoce,
pero lo ha parido,
y yo no puedo ver unos versos
tirados en la calle
morirse de frío.

Brazos, piernas,
cabeza, corazón,
hígado y pulmón.

La síntesis de un organismo
vivo, poético.
Poéticamente huérfano,
pero poético al fin.

Su padre no lo reconoce,
pero lo ha parido,
y yo no puedo ver unos versos
tirados en la calle
morirse de frío.

A los que no creyeron,
con perdón de las damas,
que la chupen,
que la sigan chupando.
Yo soy o blanco o negro,
gris
no voy a ser en mi vida.
¿Eh?
Ustedes me trataron como me trataron;
sigan mamando.

No sé qué más decir,
mi pluma es el hospicio
de los poemas más
hijos
de puta.

Con perdón de las damas.

Con perdón de las damas. (Tango)

A los que no creyeron,
con perdón de las damas,
que la chupen,
que la sigan chupando.
Yo soy o blanco o negro,
gris
no voy a ser en mi vida.
¿Eh?
Ustedes me trataron como me trataron;
sigan mamando.

A los que no creyeron
no les culpo.
Era yo quien no tenía más remedio.
Quien vivía ese tiempo desde dentro
era yo, no eran ellos.
Y quien no se planteaba la creencia
porque era su futuro,
o blanco o negro,
era yo.
Yo no les culpo.
Que la chupen.
Hoy soy yo quien ha vencido
en la batalla perdida.
Sigue siendo mi futuro,
no el de ellos.
Hoy soy yo,
es mi momento:
blanco o negro,
gris
no voy a ser en mi vida.

Yo me enfrento con mi espejo,
mi conciencia se refleja
en mis párpados por dentro
cada noche yo anochezco
cada día me levanto,
¿eh? que la sigan chupando,
no son ellos,
no es su momento.
Me trataron como me trataron,
pero yo no me lamento,
no quiero sus alabanzas,
sus críticas me resbalan, para mí
ustedes no significan nada
gris
no voy a ser en la vida.
Y, con perdón de las damas,
sigan mamando.



Aproximación al soneto.


Problema básico de los poetas clásicos
es su creencia en la existencia eterna
y aunque aún viven, cantando en el Parnaso,
cierto es que los que ellos fueron no se enteran.

Raro es el hombre, aun el ingenioso,
que acierta siempre en la verdad de lleno,
y si se acerca resulta engañoso,
porque a su fallo lo denomina acierto.

Fraile ni Santo, Boscán ni Garcilaso
pudo con éxito cruzar el infinito
quien más lo busca halla antes el fracaso.

Los que hoy recitan a los poetas míticos
rastrean en ellos las huellas de sus pasos.
Más que su inspiración husmean su oxígeno.

Bastaría la palabra.





Te amo hoy,
por lo tanto no utilizaré
palabras como tul en mi declaración
de amor, que no sé qué significan,
aunque las respeto tanto como a otras
de uso más común,
como luz, como azúcar,
como ,
como autobús.

Y no creo que lo que tengo que explicar
haya cambiado con el paso de los años,
ni siquiera de los siglos.
Porque este amor que yo siento
hoy
no es diferente de otros
y, si solo fuera para dar cuenta de él,
bastaría la palabra.
Como cuando, sin entrar en los detalles,
se dice mar, y todo el mundo sabe lo que es,
pese a que el mar no sea nunca igual,
pese a que haya más de uno,
pese a que se lo suele mencionar desde la tierra,
de oídas, sin conocerlo a fondo,
o quizá por eso.
Y en esa inexactitud se asemejan sobre todo mar y amor.

Te amo hoy,
y puedo ir por la calle pregonándolo,
porque eres la única persona que me hace olvidar que mi teléfono
no es un ser vivo, que su altavoz no es tu amado oído,
de forma que tengo que contenerme para no besarlo en los portales,
de forma que sonrío entre la multitud malhumorada
en el metro, en la calle, en el supermercado;
en casa, mientras mi compañero de piso trata de trabajar
con su portátil,
con lo triste que es ya de por sí
trabajar en vez de ver la tele; para algunos,
no para mí, que vivo en el amor amortiguante
y todo me parece enamorante.

Te amo hoy,
lo que conlleva una dosis de cinismo,
porque pienso que es difícil encontrar a una persona
con la que se pueda hablar durante horas
sin decir realmente nada,
que además coincida en el tiempo y en el espacio
urbanístico con uno,
y que no sea pobre ni rica,
ni viaje mucho,
ni tenga novio,
ni tenga novia,
ni quiera estar contigo “para algo”, entre comillas,
ni sea posesiva,
ni esté chiflada con violencia,
ni tenga ya dos hijos, exmarido
e hipoteca, nada mío.
(Tampoco todo).
Es tan difícil, que uno se enamora del amor,
más que de la persona. Más que de una elección
se trata de lo que queda.

Si queda algo
es amor hasta los tuétanos,
que son la sustancia interior
de los huesos, con la que hoy, con azúcar,
se sintetizan las gominolas.

Declaración:

Mi amor es una gominola azul,
como tu pupila,
y tú hablando por teléfono conmigo desde el autobús nocturno.

La luz se ha ido.

Intermitencia.



Hoy me acuesto pronto y me dormiré al instante.
De entre los ruidos del rumor de la ciudad atenderé a uno solo
por monótono.
El del motor de coches, o neumáticos sobre el asfalto;
o el de vecinos en la tierna última charla de la noche.
Descansa mi conciencia como el tronco de un árbol abatido,
como el agua en el fondo de un estanque,
nunca pienso en esa hora qué ha pasado o va a llegar, y sin embargo
es solo al despertar cuando reposa el masetero,
como si hubiese odio entre mandíbulas, como
si la nocturnidad fuese un veneno,
como si mi cráneo asumiese, en mis ausencias negras
que no va a besarte nunca más,
y que las puertas que no han de abrirse han de cerrarse con violencia.
Crujen los goznes de mi vida, nace el día,
y cada amanecer simula el final de una condena,
pero al ser tú oscura, muerte, amor, noche, la carcelera,
la luz solo asegura su intermitencia.

Es el otoño.


Tim Noble y Sue Webster, 1998

Temo que me interpreten
(Yo no lloro, es el otoño,
tras los cristales.)

mal, y lo hacen.
Miran mi rostro como si fuesen geólogos
buscando fallas y pliegues,
(No son suspiros, es viento.)
o minerales valiosos.

Buscan oro donde hay sueño,
(Son las hojas de los árboles,
no recuerdos.)

plomo, donde hay huellas de animales
aéreos, sonrisas
donde desprecio. (Es frío,
no desaliento).

Y en mi silencio hay fuego.

El eco que vuelve a ningún sitio.


Parting is all we know of heaven,
And all we need of hell.

Emily Dickinson


Sabía lo que hacía cuando te quise,
me rendí porque ansiaba tu gobierno.
Fueron años felices, luminosos,
y venenosos, sí, aunque su veneno era secreto.


De amor solo soy la palabra,
el eco que vuelve a ningún sitio,
solo soy la palabra,
la Primavera inservible de la Luna.


Mi camino sin ti no sabría recordarlo,
la memoria es un simple utensilio para revivir,
he estado muerto,
solo soy la palabra,
hoy te quiero igual que entonces te quería.


Soy un eco que vuelve a ningún sitio.


Tú no eras como yo, ni como nadie,
te amaba de la forma en que aún te amo:
entonces por amarme, por haberme amado, ahora.


De amor solo soy la palabra,
el eco que vuelve a ningún sitio,
solo soy la palabra,
la Primavera inservible de la Luna.


Sabía lo que hacía cuando te quise.
Sé que lo sabía y sé
lo que hago.
Soy la palabra, 
la Primavera inservible de la Luna.

Tal vez.

Tal vez no fueron tantas veces
las que escuché aquella música
durante aquella época,
pero veo tus ojos mirarme y llorar de alegría cuando la oigo...

¿o quizá son mis lágrimas?

Veo tus oídos oírla,
veo tus labios cantar, tu sonrisa, tu cuerpo
moverse al compás,
veo tu piel con el vello erizado...

¿o quizás es la mía?

Te veo a ti en el pasado.
Tú ponías esa música
y pasaba como agua,
atravesaba mi alma, como una tela blanca,
que filtraba su tiempo,
que dejaba en el alma el sedimento,
de palabras, de besos, de rasgos,
de gestos...

la música se está siempre yendo,
pero sabe volver,
recuerda el camino a través de la tela
y la inunda, y diluye en el aire otra vez
los recuerdos.

Flotas tú en la música
y la cantas alegre
y tus ojos me miran,
y tu piel se estremece, tu sonrisa...

o quizá, aunque tuyos, mis recuerdos son yo.

Teogonía.


Viendo cómo trata la entropía
de terminar con mi orden
me pregunto únicamente
cómo habré llegado a aparecer.
Qué poder supremo me ha generado
contrario a ella, ya que si alguien me ha creado,
aún, y tardaré, no le he dado las gracias.
Soy un pagano, que se deja impresionar
por el funcionamiento de las cosas
antes de por que existan.
Si fuese un animal estaría muerto.
Me imagino a un cocodrilo extático
ante la belleza silenciosa del antílope,
o a un cervatillo oliendo flores
en la sabana, me imagino un pez espada
tocándose las narices, en vez de hacer
lo que se suponga que hagan.
Cuando mi tren se detiene en la estación de Atocha
me pregunto a dónde irá tanta gente,
si no sería más sencillo llegar a un acuerdo
para no cambiarse el sitio cada mañana.
Un ser superior nos ordena viajar
como arenas de Chladni. Y viajamos.
El viento nos desordena cada tarde.
La vida es bellísima desde ese punto de vista,
aunque creo que hablar de moral,
del bien y del mal, del pecado,
de lo apolíneo
y de lo dionisiaco
es de frikis.

Recuerdo.

La mosca, enorme, zumba a mi alrededor.
Hoy, en otra vuelta al sol, ocurrió algo;
en otra vida.
Susurra junto a mis oídos
su zumbido estúpido, uniforme, como un aviso,
como un nudo en un pañuelo: inútil.
Ruido. Golpes contra el cristal
cerrado, mentiroso.
Tengo calor, de pronto.
Recuerdo el sol de otoño ese año,
la luz blanca, como una espada en los ojos,
el dolor de la hierba agostada.
La ventana se abre,
la mosca sale.

El sueño de nadie bajo tantos párpados.


Rose, oh reiner Widerspruch, Lust,
Niemandes Schlaf zu sein unter soviel
Lidern.

Rosa, oh contradicción pura, placer,
ser el sueño de nadie bajo tantos
párpados.





Leo a Rilke, o a Emily Dickinson,
y entiendo que la poesía ha de empaparte.
Que, como persona debes ser frágil y pálida,
tener la determinación insana
de convertir tu sangre en tinta,
y tu sudor; de que los demás
desadhieran apenas surgen de tu piel
tus poemas
como quien cambia las vendas a un leproso,
con la enfermedad supurada intacta y venenosa aún.
Que has de explicar todas tus lágrimas,
alineándolas con mimo de entomólogo,
cubriéndolas con un barniz
que las preserve del sol y del olvido
y lloren siempre, así, como si hubiesen caído de los ojos,
diferentes, que las ven, tiempo más tarde.
Cierro el libro y pienso
que yo no sé vivir de esa manera,
y que quizá no me compensaría de las pérdidas.
Que yo quiero vivir pisando el suelo,
que aprecio demasiado el sexo y la comida,
que necesito el sol,
que amo el olvido.
Que prefiero leer a Emily Dickinson
-ella siempre vistió de blanco, como el papel sin ella-
que ser Emily Dickinson,
prefiero leer a Rilke que ser Rilke,
con su vida romántica de poeta.
Y después pienso que pienso tonterías
y que ellos no eran quienes yo creo que fueron,
y que escribían en los márgenes de su existencia,
como todo el mundo hace.
Y abro el libro y leo, tiempo más tarde.

Y punto.


Malditos todos los músicos que no son Barbra Streisand
porque son ¿hay que decirlo? usurpadores
de la escena, advenedizos,
sinvergüenzas.
Porque son unos intrusos
todos los músicos
que no son ¿hay que decirlo?
Barbra Streisand,
malditos.

A callar.


Malditos todos los músicos,
que no saben tocar y tocan
(la mayoría), malditos
todos los que tocan por tocar.
Malditos los que no tocan
y hablan sobre los demás
y los que, toquen o no,
hablan de lo que tocan,
por mal que toquen, que es mucho, los demás.
Malditos todos los músicos,
incluido yo.
Incluido yo.
Malditos absolutamente todos
los cantantes, de entre los músicos,
porque no sabe cantar ninguno.
Los que tienen voz son malos músicos,
y un buen músico no cantaría
porque es absurdo
usar la voz siendo músico.

A no ser, no hay que decirlo, que seas,
(y vale tanto para los cantantes,
como para los músicos,
como para los malditos,
incluido yo,
incluido yo, yo
incluido),
Barbra Streisand.

Y punto.

Esa tabla.


Esa tabla
sobre la que el camarero corta las naranjas
no sabe nada sobre la vida.
Se pasa el día tumbada
maldiciendo su destino:
no hacer nada
mientras el ácido cítrico
(al que es inmune)
le resbala.
Pues yo digo que el camarero
se cambiaría por ella de buena gana
cada mañana.

De llover y parar

¿ Este día va a ser como ayer? ¿De llover y parar, parar y llover?