No espero menos.


He ido a por la licencia

he ido a por el arma

he ido a por las balas.


Ahora iré

a por vosotros.

...



Una licencia

poética.

La última arma,

la palabra.

Balas de hierba

waltwhitmanianas

en la recámara.

Vosotros,

ahora.

No espero más.


He ido a por la licencia

he ido a por el arma

he ido a por las balas.


Ahora iré

a por vosotros.

Montes do Gozo.


Déjame ver mi nuevo cuerpo,
que la luz de la mañana lo dibuje y lo defina,
que mi nuevo aroma impregne para siempre mi memoria,
que mi nueva piel se palpe y que me reconozca.

Mis nuevos ojos miran: hoy quiero verlos ver
mi nuevo rostro, y aprender de sus manías
nuevos caminos.
Y recorrer mi nueva geografía
desde la atmósfera a los acuíferos.
Bajar de cada monte y de cada colina
y pasear de las llanuras a los valles
y sumergirme en las simas.

Hay en los cuerpos lugares misteriosos
donde confluyen formas sin fronteras.
Quiero explorarlos, hundir cada sentido en su espesura,
iluminar lo lóbrego, empaparme
en cada cauce de mis nuevas correrías.

Saborear mi cuerpo nuevo
y hablar contigo mientras también te saboreas
y a tu sabor le das otro sentido
y a tu latir le doy otro latido.

Desprestigiar la religión de lo remoto,
de lo escondido trazar cartografía,
cada milímetro cuadrado esclarecido
o por tu voz o por la mía.

!Montes do Gozo, horizontes infinitos,
revelaciones solo dichas al oído!

Niña...


Con ese vestido, niña,
me borraste la sonrisa.
Con ese vestido, ese cuerpo
y esos ojos
y cómo te sonreías.

Tú sabías que tenías superpoderes,
que tenías telepatía, aquella tarde,
telequinesis, hipnosis,
preferencia ante los taxis...

Me borraste la sonrisa
porque al acercarte aquella tarde
con ese vestido, niña,
yo notaba tanta carga,
y ese cuerpo
y esos ojos
y cómo te sonreías,
que me sentí responsable
de mi cuerpo, de mis ojos,
de mi vida,
de lo que yo puedo darte,
de si lo cuido bastante,
de si mis besos, mis brazos,
mis palabras
tienen arte.

Mira niña, tú eres arte
y ese vestido es artista.

Y esos ojos.

Y ese cuerpo.

Y cómo te sonreías.

Y por supuesto tú.


Hay una parada de autobús

junto a tu casa

y otra de tren,

y sus correspondientes carreteras,

líneas ferroviarias.

Y hay cafeterías, sucursales

bancarias, tiendas

de toda la vida, colegios,

polideportivos.


Y por supuesto tú.


Desde mi punto de vista

solo tu existencia justifica la existencia

de tu mundo,

aunque probablemente existiría

sin ti:

no para mí.


Y cuando voy en tren hasta tu barrio

soy como un glóbulo rojo transfundido

viajando por vasos sanguíneos sorprendentes.


Soy como un niño que lee a Julio Verne.


Veo el mundo paralelo, las paralelas vidas

de la gente para la que soy un solo rostro extraño

que asimilan sin pensar: una brizna más de hierba.

Para mí, ellos son un universo

nuevo del que solo sé sus leyes

y que tú estás.


Y mi sangre y mi literatura al fin se identifican

con la que yo creía inservible primavera

de la Luna.

Por proustiano que os parezca


Sobre las personas que duermen en mi casa
ocasionalmente, no mucho que decir,
excepto que se parecen.
Quizá son sólo los reflejos
de mi mente lo que veo,
tumbados en mi cama,
como en la novela del tal Lem ,
o más probablemente porque dormidos
sus cuerpos se parecen a carcasas
que insectos en su vuelo decidieron olvidar
y uno no se fija mucho nunca en las carcasas de la gente,
sí, por el contrario, en la infancia,
por su interés científico, se fijó
más en las de los insectos,
y se parecen, como los pisos
sin amueblar.
Las personas que velan en mi casa
no se parecen mucho, por el contrario.
Unos son hombres y otras mujeres,
unos madrugan y otros remolonean.
Algunos pocos quiero por la mañana
que se queden.
Por proustiano que os parezca,
cada vez que abro los ojos y junto a mí
hallo unos párpados cerrados,
una nuca o unos pies,
es quién soy yo
lo que entre el silencio y la penumbra me pregunto.

No es cuestión de color.



Te amo

como las hojas verdes aman

a las verdes ramas.

Como las ramas verdes al negro tronco,

el tronco negro a las raíces

blancas.

Las blancas raíces a la tierra.

Como la tierra al cielo.


No es cuestión de color, es de alimento.


Y tú me miras con esos ojos verdes y sonríes,

y de tus verdes ojos me congratulo, no es cuestión de color.


De tu sonrisa, es de alimento,

me maravillo.


Me maravillo como las hojas verdes se maravillan del azul cielo

el cielo azul del azul

mar, el mar azul de la luna

blanca.

Como la blanca luna se maravilla de la luz blanca

del blanco sol,

que la alumbra

porque la ama.

"Tú"


Digo “tú”
y es
que estoy vivo.
Y lo veo escrito
por mí,
y es
que viví.

Y al decirlo se me llena la boca de palabras.
Todas las palabras que te he dicho,
todas las que te he escuchado
decir. Todas las palabras que te rozan.
Digo “tú”
y digo todas tus palabras.





Leo “tú”
y tengo que decirlo,
que escribirlo.
Tengo que seguir viviendo,
diciendo “tú”,
¡tú!
Pensando en ti
con cada palabra tuya.
Tú eres todo lo que no soy yo
y mucho
de lo que sí.

“Cuando diga “ella” y lea “tú””.
Es la idea que me agrede por las noches,
la idea que me aterra hoy,
cuando aún escribo “tú”
y sé quién eres.
No quién eras
ni soy.
"Ella"
puede serlo cualquiera.
“Tú” solo puedes ser
tú.

La insensatez suprema.

http://www.flickr.com/photos/mapicruz/4681097451/sizes/l/



El amor pasa
y resulta incomprensible en perspectiva:
es lo contrario de la Historia,
hay que vivir en él para entenderlo.




Yo vivo en un lugar absurdo
e imaginario, como la ínsula
Barataria, como Utopía,
como la Atlántida.
Y surgen por doquier los dones
de la naturaleza, sin embargo.
Y sin embargo voy
sonriente por las calles atestadas
de terráqueos.

Compro el pan en el despacho de una geisha,
viajo en metro y los demás viajeros, azorados,
me rehúyen por mi bonhomía.
Pero mi sonrisa está bien justificada
y estoy en mi derecho.
Solo los locos, los borrachos, yo y los niños
decimos la verdad.

No puedo hablar por ellos, pero yo estoy loco
por ti, ebrio de tu armonía
y balbuceo al verte como un recién nacido.
Y cuando estoy solo hablo contigo
¿acaso no me oyes?
y al entornar los ojos te veo sonreírme,
y en medio del silencio de la noche te escucho respirar mi mismo aire
y creo por eso que ha de merecer la pena
caer de lleno en la insensatez suprema del amor.

Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que, sin duda alguna, eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes, iba diciendo en voces altas:

–Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.

Calma.





Algo le hace la ciudad al ánimo
de los millones que la pueblan en verano
porque en la noche el silencio es uniforme
como la oscuridad, como si un pacto
rigiera la relación entre los ojos y las voces.


Se oculta en la profundidad de las personas
un grado más en el espíritu gregario,
diríase que la naturaleza al moldearnos
previó la formación de las ciudades.


Como adolescentes que comparten dormitorio
fuera de casa, y tras la última palabra
se conceden un silencio penumbroso
preparatorio de aquel sueño que aún lo repara todo,
en la ciudad hay una hora en la que cesa la batalla.


Tras las ventanas abiertas a la noche que respiran
como estomas luminosos en la sombra de las plantas
veo a anónimas personas preparando su descanso:
flores que se cierran, aves silenciosas ya en sus nidos,
peces que retroceden y se ocultan en marañas coralinas.

Es domingo, acaba el día, termina la semana.






Tú no lo sabes, pero pienso en ti a esta hora,
cuando la noche acalla el zumbido de la calle,
cuando la multitud yace solidificada y duerme
en manada de diurnos animales.

De este domingo importa solo el lunes, ya.
Su inexorable fin y su futuro,
pero es ahora cuando al cerrar los párpados te visualizo,
y al recordarte, entre millones de silencios
que descarto, estoy seguro de escuchar como un hallazgo,
como una veta de mineral precioso, aisladamente,
la calidad acuática del tuyo.

Los años sin erre.


Cuando yo era feliz

era más agradable

para todos.


Para mí el primero,

pero también para ella

y para ellos.

Ahora todo es aburrido y cuesta arriba.

Todo es verano o invierno,

Madrid o Barça,

grande o pequeño.

Todo estupidez o chulería.

Muerte o esto.

A mí ya no me traga casi nadie

y no les culpo,

yo no les echaré de menos.

Mis amigos demostraron ser unos pusilánimes

y yo un llorón molesto.


Pero me llama la atención que a ella

nadie le pida cuentas.

Todo el mundo da por hecho que aquél que dejó es éste,

pero no. Yo antes era alegre

y risueño. Contaba

las mejores anécdotas.

Nunca he dejado tirado a un amigo

un sábado.

Ni un lunes, ni un martes, ni un miércoles,

ni un jueves, ni un viernes;

algún domingo sí, nadie es perfecto.

Yo antes sabía escuchar, la gente

me pedía consejo.

Recuerdo que al llegar la Primavera

quería llorar de alegría

y que me contenía, y que a ella

la cubría de besos.


Antes había Primaveras y Otoños

y en los meses con erre

sidras, gamoneu y centollo.


Ella me dejó con los huevos rotos,

y eso es más desagradable para todos.


Para mí el primero,

también para ellos,

pero, de entre ellos,

el primero yo.


Para ella, que con mis besos se llevó mi primavera

y con mis lágrimas mi otoño,

ahora

ya no.

Interacción nuclear (fuerte).


Hay tanto amor en cada átomo de amor
como en el universo entero.
Porque el amor no existe a gran escala
-se ve en los telediarios-
y sin embargo, de uno en uno, todos
nos enamoramos.
Es como un virus, pero más pequeño.

El amor es una fuerza,
una norma, algo nouménico.
Yo no creo en los gluones,
o mejor dicho, no me los tomo en serio.
(Tampoco a los midiclorianos.)
Pero a la materia sólida, sea como sea,
sí me la creo, y me creo a las parejas
sólidas, sean como sean,
y me las tomo en serio.

El amor que haya entre ellos no me afecta,
es como la interacción fuerte,
que a distancia es como si no existiera.

Pero existe. Nouménicamente al menos.
Como los gluones, como los midiclorianos.
Como los fotones,
aunque el electromagnetismo es otro tema.

Y si no, ¿por qué en Ginebra
han instalado una máquina
para romper corazones en millones
de pedazos?

Te quiero.


Pienso yo y digo tú.

Mar de amor amor de mar.



A Rafael Alberti, lógicamente.

Mar de amor.
Por lo insondable,
por lo bello, lo salvaje,
por las bestias abisales.

Mar de amor por lo innegable,
por lo tenaz, por lo fiero
por su brutal oleaje.

Mar de caudales de ríos
que confluyen.
Mar de males de miradas
revisadas.

Mar de sal, que reflota los navíos.

Mar de sal, que reflota los navíos.

Mar de lágrimas perdidas
recobradas en el mar.
Mar de lágrimas pasadas
que vuelven a estar por llorar.

Mar de amor amor de mar.

Mar de amor
amor de mar.

Mar mortal que solo mata
si yo muero amor mortal
que solo muere
si muero.

Mar de amor
amor de mar.

Yo te quisiera amar
como esos marineros
que cuando tocan el puerto
no quieren desembarcar
porque les basta con verlo
y navegar.

Yo te quisiera amar
como esos marineros...
mar de amor
amor de mar.

Tururú.


Hoy voy a darme a la bebida
en casa, solo.
Sin explicarle a nadie mis motivos.
Acaso porque no tengo motivos,
acaso porque no son confesables,
acaso porque no tengo a nadie
más a mano a quien darme que me dé
algo de vida,
aunque con be.

Alcohol, maldito líquido,
hoy seré tuyo por una vez,
de nadie más.
Tú serás mío.
Compartirás mi sueño, me engañarás.
Y esperarás a mañana
para decirme la verdad.

Alivio de pie quebrado.


El mar ahoga la risa
y la noche la sonrisa.

Yo nado en la oscuridad,
entre el oleaje negro
de los sueños.
Me guío por el oído,
busco el lugar
en el que rompen las sábanas,
y ahí despierto.

El mar ahoga la risa
y la noche la sonrisa.

Negra noche al despertar
y un silencio inconcebible
al comparar
con la furia del rüido,
el fragor
horrible de pesadilla
de que vengo.

El mar ahoga la risa
y la noche la sonrisa.

Una vez de cada mil
me parece que descanso,
sueño contigo;
por la mañana te has ido
caminando,
mientras yo sigo nadando
de oído.

El mar ahoga la risa
y la noche la sonrisa.

Tengo los ojos cerrados
Y sueño que no respiro,
Que no hay oxígeno,
Pero sé que es solo un sueño y
al despertar
y ver dónde acaba el mar
lloro y me río.

El mar ahoga la risa
y la noche la sonrisa.

Éramos niños.




Éramos niños,
yo el más pequeño,
y en aquel pueblo no había nada que hacer.
Buscando amigos encontré a otros
guajes aburridos
que buscaban una víctima.
Hubiera sido un gato, de no ser yo.

Solo recuerdo un haz de luz cayendo
desde una lupa en mi pulgar,
y el dolor inesperado -era pequeño-
y una risa.
Ni antes ni después.

Apenas nada,
aunque aún se ve una cicatriz,
como en un libro que duerme hace cien años,
velando, asoma un marcapáginas.

Deliciosos cuando están en calma.


Los hijos ajenos son como aire:

deliciosos cuando están en calma,

cuando están en movimiento, insoportables.

Y por doquier.

¿Y quién sopla un día de viento?

Los propios serían iguales,

puesto que no soy distinto.

Aunque en esto me distingo:

yo no los quiero tener.



Cosas que hace cualquiera:

jugar al yoyó, huevos fritos,

manejar unas tijeras,

tener hijos.

Requiebro español.


Podría vivir sin tu sonrisa,
como he hecho cada día.
Nací de noche, también creía
que se podía vivir sin el Sol.

Atardeceres rojos I.

http://www.flickr.com/photos/ibotamino/4298062763/in/photostream


No sé qué tengo en contra de la luz
naranja del crepúsculo mal entendido.
Me causa un hastío como si fuera yo el día que se termina,
que alumbra
como las bombillas antiguas, emulándolas,
para fastidiar.

Un trago de oro fundido, me parecen a mí los atardeceres,
por la garganta.

Cuando esté la noche que se quite el día, que solo se salva
por la mañana.

Touché, pero...


http://soytanidiotaquesoypoeta.blogspot.com/2008/10/pathos.html
Eva dijo...

Y junto a él, paradójicos (adjetivo plural)
tan sordos como los hombres,
como el albaricoquero cómplice,
e inermes, (sustantivo plural [o eso debería venir ahora]), su guarnición de orejones.

Soytanidiotaquesoypoeta dijo...

touché





Son
paradógicos,
los orejones,
e inermes.

Los orejones son paradógicos
como el albaricoquero cómplice.

No oyen, siendo orejones,
siendo orejones no son,
tampoco,
las orejas de Oregón.

Y es más, son cómplices, ellos, individuales
como son dulces, o bellos,
o naranjas, uno a uno,
como las puestas de sol,
que son bellas aunque son
individuales:
una a una cada tarde.

Porque no es cómplice
la guarnición
como si fuese cualquiera
cómplice
la que urdiese el peripato
de una argentina bandeja
ya fuera aquélla de arroz,
o de patatas, o almejas.
Que aunque también fuera inerme
no sería cómplice
ni paradógico su silencio,
su inacción,
por no tratarse de orejas.
Porque las orejas oyen, pero no los orejones.
Y menos las guarniciones
o el estado de Oregón.

Otro tema.
Es bastante paradógico
ser inerme y llamarse guarniciones,
aunque yo me refería a una oreja
y a una oreja, y a una oreja...
como a las briznas de hierba
que son prado
aunque ninguna lo sea por separado
(o a los tréboles).

Cómplices
como el albaricoquero que no rompe su silencio.
Porque el silencio se rompe
y el que lo rompe es culpable de romperlo
ya sea un hombre
el que habla,
o una almeja, o una patata.
Y los que callan, los cómplices,
son el resto.

Como las letras son cómplices
al formar una palabra,
porque conspiran y hablan;
no como el albaricoquero, no
como las almejas, el arroz
y las patatas.
No como los orejones
que son los más paradógicos
¡pues no oyen!
ya formen un kilo, un metro,
media docena,
la guarnición de un magret, o
un poema.

Fases del shock.


Me imagino a los poemas entrando por la puerta
del blog,
cada vez más pequeños,
como las personas que llegan al planeta,
más insignificantes, en relación
al todo,
aunque uno solo siempre me contenga.

Me imagino a alguien que lee por primera vez
"Soytanidiotaquesoypoeta"
y cree haber hallado algo moderno,
diferente,
y lo revisa de cabo a rabo
y es deslumbrado por sus ciclópeas
proporciones
(hablo, por ejemplo, del año 2030),
pero al pasar un rato,
que puede ser un año o dos,
no digo yo que no,
ya me conoce tanto que se aburre,
como quien mira el mar
y percibe sus corrientes,
su patrón rítmico en el olear,
su infinitud azul
y su salinidad onírica, afín
a la salinidad del líquido
que olea en sus pupilas
y las lubrica,
sean o no azules éstas
y estén o no clavadas
en algún sitio.

Yo creo que si supiésemos, al improviso,
que el mar lo causa un buceador desconsolado,
fases del shock serían la sorpresa,
la crítica,
el olvido.

¡Oh, la pereza de escribir siempre uno el mismo!

Chateau Latour.


No siempre todo es como siempre,
las cosas cambian sin cambiar.
La luz es otra, las manillas
del reloj dibujan otro ceño
hoy está lloviendo y ayer no.
Y tú no entiendes nada
porque vienes de entenderlo todo,
o ahora, quizá, es la primera vez
que me comprendes.
Tus ojos por primera vez son verdes
para mí, ayer era de noche
cuando te conocí.
Amor y odio se solapan.
Solo se besa el odio en el otro,
para no verlo,
y sabe a néctar hasta que amarga
como un Chateau Latour
al sol.

Un unicornio
puede llegar a convertirse
en un incordio.

Nana a la niña Sara.

Amanece

Por la mañana el sol saluda:
hola Sara, ya he salido
de la cama,
buenos días,

y mientras, se duerme la luna.

Anochece

La luna sale de noche
cuando el sol se va a dormir
por eso Sara se abriga
entre las sábanas,

porque la luna es más fría.

Luna llena, luna mengua, luna crece


Cuando la luna te mira,
Sara, es redonda y clara
pero cuando no te mira
casi no se ve su cara

porque se ve su perfil.

Luna nueva

Y en las noches más oscuras
hasta la luna se duerme.
Duerme Sara, duerme el sol
hasta mañana.

(Amanece)

Plantas y peces III.


El cielo decidió llover
a la vez que una señora
entraba en la peluquería,
un patán se dirigía
hacia un túnel de lavado
con su coche amarillo
después de haberle gritado
a su novia, una niña,
sin motivo.

El momento en que una chica
estrenaba unas sandalias
y un anciano
se olvidaba del paraguas
en un bar
después de desayunar.

Cuando el cielo lo decide
la lluvia es cuestión de tiempo,
¡ay del suelo! si el cielo
tuviera que preguntar.

The cue ball.




A veces, cuando salgo los sábados de noche
las calles de Madrid me recuerdan
al verde tapete de las mesas de pool.
Las chicas y los tíos son como las bolas de colores
rebotando unas con otras.
El whisky anima la partida y se puede decir que me divierto.
Pero el pool no tiene la nobleza ni el retruque
del billar de carambolas
(ni siquiera del snooker,
aunque ése sea otro tema)
y las bolas van entrando en las troneras.
En un taxi, un extraño me conduce a mi agujero al final de la partida.
Los domingos mi cabeza aún resuena de blues
y he manchado mis sábanas blancas de tiza.

Vergüenza.

Mi vergüenza es tan grande como mi cuerpo,
pero aunque tuviese el tamaño de la tierra

no podría volver y despegar

el cable de aquel vientre, ni enviar

la carta del soldado.


Antonio Gamoneda





Mi hermano no quería ir si yo no iba,
una sola bicicleta para dos, era la infancia,
y yo prefería ir solo.
No siempre sucedió así, supongo,
pero es lo que recuerdo
de aquella época maldita
que solo puedo ver como a través
de unos cristales.
Así que sé que él,
dos veces, por lo menos,
se quedó en casa
y yo me fui a pasear en bicicleta.
Yo le decía "vete tú, si quieres,
pero entonces yo no voy,
ya iré otro día".
¡Pero él no quería ir si yo no iba
y yo prefería ir solo!

Yo quería a mi hermano más que a nadie
y le dejé tirado en casa
mientras sentía, pedaleando,
la nueva libertad,
la soledad,
que hoy es mi hermana.

Me siento miserable al recordarlo
aunque quizá mi hermano no se acuerde,
pero fue así, y mientras yo sea yo así habrá sido,
y mientras haya sido así habré sido miserable.

Soy tan idiota...



Soy tan idiota que soy poeta.
Salgo a la calle a compartir el aire
con los demás. A aprovechar la luz
que se refleja en los lugares
de los que brotan
las palabras.
A refractar aún más la luz
ya refractada.

Reloj de sol,
tú, mientras tanto
solo das sombra.

Soy tan idiota que soy músico.
Oigo el compás de los oscuros corazones
y deconstruyo la armonía secreta de la risa,
trato de asirla y así reírme yo también.
Toco mi música sin saber quién
está a la escucha.

Anda un tic-tac sonando,
mientras tanto, tan uniforme
como el silencio.

Soy tan idiota que soy filósofo.
Hablo de mí con hombres idos,
me busco a mí entre los átomos de las ideas.
Entre los tomos oceánicos persigo un salvavidas
y mientras tanto huyo de la abisal llanura
que me subyace,
alfombrada de clepsidras,
cronometrando el mar,
nadando.

Soy tan idiota que sigo vivo
mientras tanto.

Así es la noche.




Las uñas de animales inexistentes arrancan nuestros ojos en los sueños.

Así es la noche.

Antonio Gamoneda.



Yo sueño con la oscuridad
y con el vacío
y al amanecer el aire quema,
así sé que todo ha concluido.
No desayuno hasta bien llegado al día,
cuando mis mandíbulas maltrechas
de masticar la noche me lo permiten.
Y al declinar el sol
cierro los ojos a las estrellas y a la luna,
y aprieto los dientes,
como quien espera una descarga eléctrica.

Plantas y peces.


Plantas y peces
viven
en nuestro planeta sin saberlo.
Plantas y peces
nacen y crecen
peces nadan, plantas
florecen,
sin saberlo.
Sobre la tierra
respiran los animales
salvajes, sin saber nada,
como las plantas
como los peces.
En el aire, aves.
Nadie sabe, excepto
nosotros, sapiens.
Nosotros sabemos.
Nacemos, crecemos
sabiendo.
Morimos sabiendo.
La tierra gira
eternamente
sin saber.
La hierba no sabe
que es verde.
¿Qué será lo que nosotros no sabemos?

Plantas y peces.


La luz sabe
dónde tiene que venir,
no nos pregunta,
viene en plena noche,
mientras la mayoría de nosotros duerme.

Si no fuera por la sabiduría
intrínseca de la luz,
qué sería de nosotros,
cómo haríamos que viniese.
La mayoría dormiría para siempre.

Un minuto de silencio.


Las ideas está húmedas
y dejan rastro.
Su rastro húmedo atrapa, como polvo, tonterías,
malinterpretaciones.
Con el tiempo esas retahilas
parecen frases
hechas
por nadie,
ready-mades
estúpidos, conformados por residuos de lenguaje.

En cuanto a su sonido
son ondas estacionarias.
Nadie las elabora,
pero no cesan,
todo el mundo ha de oírlas cada día.

Después de años son parte de la cultura,
de nuestras tradiciones,
nos definen más que muchas de las otras frases,
las que se piensan antes de decirlas,
y es por eso que
yo pido un ruido blanco
que lo supere todo
o un silencio unánime
prolongado unos segundos.
Pido que cesen los periódicos,
las radios.
Pido que la tele calle,
que dejen de gritarse los anuncios.
Pido un minuto de silencio por las ideas
originales.
Un minuto es suficiente para que todo cambie.

Cola de león.


Hay, seguramente,
alguna sustancia emocional
que mi cuerpo segrega al verte,
que me hace sentir las manos
como manojos de nervios
saliendo por mis muñecas,
como al despertar, cuando no tienes fuerza
porque solo es la hora de las caricias.

Hay, mientras ya estoy hablándote,
algo en mi sangre diferente.
Digo cosas que no pienso,
como si le hablase a una chica,
aunque con las chicas no miento y
quiero quedarme,
y contigo miento para irme.

Debes de creer que soy idiota y lo soy,
en tu presencia,
porque es difícil pensar en ti
como yo pienso, con esta intensidad,
y hacer otra cosa, la que sea,
respirar...

Es una respuesta orgánica
parecida al terror paralizante de los ratones ante las aves rapaces,
pero como si los ratones tuvieran, para salvarse,
que moverse con estilo, o decir alguna cosa inteligente.

Además, al ver tus alas me siento ridículo
con mis incisivos
y mis avellanas.

Eso me ayuda, así no percibes en mí
ninguna amenaza y me dejas ir.
Cómo te gusta sentir tu pistola y tu placa
sobre tu uniforme de ángel,
cómo os va el plumaje.

GNRgrette Rien


No
(sé)
rían de mí.
No. Yo no comprendo nada.
No compré el pan.
No rían de mí,
no rían de rien.
¡No, yo no compré el pan!

Cámara lenta.


La nieve cayendo sobre el cristal en ángulo
de una ventana en un techo abuhardillado
es como el tiempo de los árboles, da la impresión
de que la vida es eterna, de que los niños nunca crecerán,
los mayores estarán ahí para siempre.
Raro es el día en que después de nevar no llueve.

...y tal.





San Valentín, y tal.
Y los jóvenes besándose en la calle
como los enamorados se supone
que deben
besarse.
Una profusión absurda de futuras mustias flores,
y bombones, que otro día
se aliarían
con pulsiones anoréxicas,
bulímicas.
Sin embargo hoy todo se permite.
Volveremos a juzgar a Julia Roberts
como a la cenicienta moderna,
mientras que las postmodernas
pasean arriba y abajo,
abajo y arriba,
por Montera.
Entre SIDA, hongos, chulos;
junto a otros desgraciados.
Tal vez Richard Gere se presente esta tarde
con sus veinte euros
y su chulería.
Cariño,
feliz día
de los enamorados.

Tras cada párpado en el metro


Late una historia oculta
-tras el telón del pelo, sobre los leves párpados
contorneando el mar, el cielo,
como las flores de la lavándula-
en el metro: la mirada.

En qué momento entró la niña no lo sé,
los ojos por el suelo,
no lee un libro ni escucha música,
no ve ni mira nada;
habita mientras viaja en un secreto
-quizá su vida entera-
invisibilizada.

Escruto la carcasa de sus sueños
y los intuyo árabes,
desérticos.
Un paraíso de silencio y soledad
donde cada sonido pudiera ser una palabra.

El metro
es una máquina del tiempo,
un subterfugio para estar en otro lado
y mientras dura el lapso negro de la apnea
cada persona es una cápsula de exuberancia.

Ojos que no ven...



Te amaba tanto...
y ya te dije adiós con la mirada.
Tú no me viste,
no todas las historias son tan tristes.

Como por descuido


Este blog
es el cajón de mi escritorio
abierto
como por descuido.
Lo que no significa que no debas sonrojarte si te pillo
con tus mudas manos dentro,
o que puedas enmendar tú
ni un solo verso,
o que yo me haga responsable
de una sola palabra, ni ninguna
tenga derecho a considerarse
última, definitiva.

Como las que se esparcen por la vida.

Como cada le odio, como cada te quiero,
como cada te veré pronto,
vete a la mierda,
te llamo luego.

Puede que solo
se pueda comparar
cada poema del blog
con cuando te dan un beso, una caricia,
la hora, una ostia
imprevista...

Ojalá os pilléis los dedos.

Como dos enamorados interrumpiendo un beso.


Ni ahíto ni embriagado,
dejo de leer.
Como dos enamorados interrumpiendo un beso.
Pues la felicidad no existe si no es
yendo o viniendo.

¡Ay! Haití.


CRISTÓBAL MANUEL / EL PAÍS | 05-02-2010



¡Ay! Haití,
ay de tí.
Tiemblas Haití, paraíso,
como se tiembla de frío,
para tí el escenario
no podría ser más sombrío.
Ay de tí,
cuando pase
otra cosa en otro sitio.

Donatello au milieu des fauves


Guardo un rincón a la poesía
en cada tramo final de mis cuadernos
de la cuaderna vía.

En esas pocas páginas escribo a mano alzada
ideas escogidas, responsabilizadas
por sus predecesoras, cuya pesada carga
debe asentarse en ellas como si fuese su asa.

¿Qué poema podrá rivalizar con los teoremas?

Por eso temo fracasar y tantas veces no comienzo.
Cada palabra ha de ser digna de la que la precede,
y la primera letra siempre será perfecta
por inocente.

Hay un espacio en el que nunca escribo, por lo tanto,
el último, la última página, tan blanca,
se queda siempre en blanco.

El amor es lo contrario de la Historia.


El amor pasa
y resulta incomprensible en perspectiva:
es lo contrario de la Historia,
hay que vivir en él para entenderlo.

Cuando uno ve qué cosas hizo en otra época
las analiza
descontando el sentimiento o, aún peor,
sustituyéndolo.

Ve a otra persona,
cree que ha cambiado para mejor,
por no ser ya él (yo)
enamorado.

Pero aún así quisiera que volviese el amor
para actuar de otra manera,
para actuar mejor, a la luz nueva de la razón
que ha recobrado;
contrasentido claro,
pues donde hay amor (pasión)
la razón está suspensa:
no puede haber amor pensado
a no ser como recuerdo
y es un recuerdo vago, sobre algo extraño,
incomprensible y pasajero, aunque real,
porque sorprende.

Posiblemente sea ese descuento
al fin lo único veraz de todo,
quizá tan real como la gravitación entre los cuerpos,
o, entre cada momento erradicado,
tan cierto como el tiempo.

Perspectiva.


Para entender un mundo lleno de hombres
que pisotean la Tierra con sus zapatos
(la ingratitud les calza
desde por la mañana
y su mayor orgullo
es ser humanos)
habría que ser marciano.

Las Diez.


Son las diez
por mi reló.
Por mi lo serían hace tiempo.
Por mí mi reló estaría quieto.
Soy tan idiota
que soy poeta.
Lo siento.

Tu ley.


A veces me da por oír baladas antiguas
de las que hablan de lluvia, de amor,
de antiguas caricias, a veces
parece que en mis ojos hay tierra
y hay agua y huele a tormenta
por venir y vayan a abrirse en mis ojos
tiernas margaritas.

A veces me parece que soy un romántico
y que nada de lo que puedo decir
te merece.

Entonces guardo silencio
como si solo sirviera el lenguaje
del trueno, del rayo de luz
hendiendo las nubes,
el rocío sobre pétalos blancos,
el susurrar de la nieve.


eres por derecho una palabra
como primavera y como otoño.
Como futuro y como horizonte,
como vida y como lágrima,
como amor en la voz de un poeta.

Eres la naturaleza resumida en una mirada,
en un instante esquivo de comprensión
que da paso a la búsqueda eterna.

Quiero reconstruir mi mente de tal forma
que pueda volver a contenerte,
quiero hacer inteligible el mundo
a través de ti, saber quién soy yo
siendo tú.

Quiero ser tu sonrisa,
tus ojos, tu ley,
las huellas que dejas, el aire que mueves,
la luz que enajenas con tu silueta.

Que al hablarte mi voz me sorprenda.

Que para mí tu nombre, en ese momento,
no sepa a muerte.

Haití


La tierra enterró a los vivos.
Los vivos los desentierran
para volver a enterrarlos
ya muertos en otro sitio
y con lágrimas los riegan,
y luego volverán los blancos
a pastar en esa hierba.

de tiempo y de lana verde


Mi madre teje su tiempo
entre hebras de lana verde:
está tejiendo una chaqueta
y mientras, su tiempo mengua.

Y mientras su tiempo mengua
yo la veo teje que teje
y ya está hecha la chaqueta
de tiempo y de lana verde.

Y pienso mientras la veo
que la chaqueta es de tiempo
y la lana lo sujeta

y es el tiempo de mi madre
que tejío,
para que yo no tuviera

frío en su ausencia.

Mi madre teje que teje
mientras yo
tiembla que tiembla.

Y cuanto más tiemblo más teje.
Y cuanto más teje más tiemblo.

Pienso en mi palabra y la comparo con lo que no sé decir
de tu recuerdo.
A simple vista parece tan absurdo pronunciarla como alumbrar
un aeropuerto con una sola luz.
Sin embargo, sin decirla,
el amor y los recuerdos nunca han sido,
son la música fuera del tiempo
tocada en el vacío;
son la velocidad
respecto a nada.
¡Oh, palabra! Queda dicha
como una estrella silenciosa entre millones
refiriendo brevemente el rumbo
de su constelación,
o como una baliza,
señalando apenas, sin iluminar, las pistas
negras
en las que aviones húmedos de lluvia,
entre su estruendo aterrizan.

De llover y parar

¿ Este día va a ser como ayer? ¿De llover y parar, parar y llover?